(Aquí va a haber spoilers si no lo has leído y quieres hacerlo sin saber nada por adelantado, vuelve más tarde)
Si bien es cierto que para hablar de una realidad no es tan necesario que estés inmerso en ella, si decides abordar un entorno al que tú no perteneces tienes la obligación de hacerlo de manera informada y luego de haber escuchado las experiencias de quienes sí se han desarrollado en él, pues sólo de esta manera se puede uno alejar, al menos un poco, de los clichés o caricaturizaciones que terminan mostrando personajes poco creíbles actuando y hablando de maneras inverosímiles que demuestran únicamente los prejuicios que el creador tiene sobre estos entes en su obra… y en la realidad.
El «problema» con Páradais (y quizá sería mejor llamarlo error) es que se le atribuyeron a priori características que nadie sabía si iba o no a tener y desde antes de haber sido leído ya se le habían colgado milagros que no se sabía si iba a obrar. Desde el minuto uno de haberse anunciado su lanzamiento ya había muchas voces augurando que sería un retrato fiel de la realidad marginal de Veracruz y/o México y se esperaba que terminara siendo una obra maestra capaz de poner a la vista de todos las terribles circunstancias de esa cara de la sociedad.
Pero, resulta que al leer el último trabajo de Fernanda Melchor es imposible encontrar todas las maravillas que se le habían adjudicado al inicio. Sí, su estilo sigue siendo bueno y se mantiene fiel al lenguaje directo. Pero, la trama se vuelve predecible desde la primera página y la expectación generada con la primera línea del texto termina por diluirse mientras tratas de entender el modo de «hablar» del narrador.
Del mismo modo que en Temporada de huracanes, aquí se cuenta un hecho desde dos (casi una y media) perspectivas diferentes, otra vez se da voz a un personaje que vive en la marginalidad y también, otra vez, se intenta dar un halo sobrenatural a la atmosfera del relato. Sin embargo, Páradais no logra la contundencia de su antecesor.
En esta ocasión vemos la relación de Polo, un chico que forma parte del personal de mantenimiento de un fraccionamiento de lujo en Boca del Río, Veracruz; y Franco, uno de los inquilinos que es descrito como torpe, gordo y con una personalidad que podríamos denominar como grotesca. Esta «amistad» nace de la conveniencia de Polo para emborracharse gratis y la necesidad de Franco por compartir su obsesión con la señora Madroño, otra inquilina y madre de familia descrita como exuberante.
Desde el inicio se nos advierte que esta obsesión desembocará en una tragedia para ambos personajes y aunque durante las primera páginas la expectación se mantiene en un punto alto, más pronto que tarde se pierde tratando de entender si quien nos está contando todo es Polo o es un narrador interpretándolo. Y es que ese lenguaje que algunos medios han calificado como «crudo» es más bien una prosa casi académica salpicada de palabras del «habla popular» como: cabrón, pinche, chambeador o beberecua.
Incluso llega a haber expresiones que resultarían incoherentes viniendo de Polo (quien se nos ha dicho que vive en pobreza, no terminó la educación básica formal, no parece tener aficiones «intelectuales», y está al borde del alcoholismo a los 16 años) o de su madre, que obviamente comparte la misma realidad. Entonces, resulta inverosímil que ellos usen adjetivos como horrísono, estulto o indolente, eso sí acompañados de palabras y frases muy típicas como cabrón, pinche o hijo de la chingada. Porque, claro, el habla popular es culta pero con muchas groserías.
Pareciera más bien que quien nos está narrando todo es una de las inquilinas del Páradais que se está esforzando por hablar como el niño de mantenimiento mientras le cuenta el chisme a una amiga tomándose un cafecito en el Starbucks.
Melchor, además, intenta introducir un elemento sobrenatural hablando, muy por encima, de La condesa sangrienta, un personaje que supuestamente habitó nada más y nada menos que una casona abandonada cercana al fraccionamiento y cuya leyenda le da pavor a Polo. Pero, lejos de aportar algo a la atmosfera o al personaje en sí no es más que un decorado que pareciera estar ahí para no perder la costumbre de la autora por «jugar» con lo fantástico y lo real.
Cuando por fin sucede el terrible acto anunciado al inicio, se nos pone en un escenario caótico, pero no por la naturaleza del crimen que se termina cometiendo, sino porque todo parece resolverse de una forma muy rápida, al menos en relación con la medida de la expectativa creada. Por otro lado, nunca vi aparecer lo que en algunos medios fue calificado como «sangre fría» por parte de la escritora, y es que sí, plantea una escena de abuso sexual y asesinato, pero lo hace de la misma manera que con su elemento paranormal: por encima. Y no estoy diciendo que fuera necesaria la descripción detallada y grotesca de cada uno de los actos, sólo que desde mi perspectiva no existe esa brutalidad tan mentada en la narración y por momentos parece incluso atropellada.
Aunque parezca lo contrario, no estoy diciendo que Páradais sea malo en sí mismo, de hecho la técnica de Melchor es precisamente lo opuesto, pero sí creo que se le atribuyeron demasiados calificativos de manera prematura y un tanto gratuita. No es brutal, no es conmovedor, no es desgarrador, ni mucho menos el retrato de la marginalidad. Por el contrario, pareciera que estereotipa esa marginalidad atribuyéndole las «penas» que se nos han contado muchas veces, incluso por ella misma: embarazos en la adolescencia, falta de empleo, falta de acceso a la educación, narcotráfico, madres solteras, adolescentes que deben ser adultos de forma temprana, gente que comete delitos… como si esas fueran necesaria y exclusivamente las únicas desgracias ligadas a la pobreza.
Pero no sólo se estereotipa a «los pobres», también Franco, la señora Madroño y su familia están descritos casi como la caricatura de la gente con dinero: torpes, sin cultura, banales a más no poder, condescendientes con los que tienen menos, expertos en fingir felicidad donde no existe, ostentosos y cualquier cosa que ya hayamos visto en sátiras de la clase media alta.
Insisto, el error fue adjudicarle, apenas se anunció, cosas que nadie sabía si iba a lograr porque nunca imaginamos que Páradais podría ser el nacimiento de la «Fórmula Melchor»: pobreza, un crimen, algunas palabras coloquiales y, por no dejar, un elemento sobrenatural.











