Páradais y el exceso de expectativas

(Aquí va a haber spoilers si no lo has leído y quieres hacerlo sin saber nada por adelantado, vuelve más tarde)

Si bien es cierto que para hablar de una realidad no es tan necesario que estés inmerso en ella, si decides abordar un entorno al que tú no perteneces tienes la obligación de hacerlo de manera informada y luego de haber escuchado las experiencias de quienes sí se han desarrollado en él, pues sólo de esta manera se puede uno alejar, al menos un poco, de los clichés o caricaturizaciones que terminan mostrando personajes poco creíbles actuando y hablando de maneras inverosímiles que demuestran únicamente los prejuicios que el creador tiene sobre estos entes en su obra… y en la realidad.

El «problema» con Páradais (y quizá sería mejor llamarlo error) es que se le atribuyeron a priori características que nadie sabía si iba o no a tener y desde antes de haber sido leído ya se le habían colgado milagros que no se sabía si iba a obrar. Desde el minuto uno de haberse anunciado su lanzamiento ya había muchas voces augurando que sería un retrato fiel de la realidad marginal de Veracruz y/o México y se esperaba que terminara siendo una obra maestra capaz de poner a la vista de todos las terribles circunstancias de esa cara de la sociedad.

Pero, resulta que al leer el último trabajo de Fernanda Melchor es imposible encontrar todas las maravillas que se le habían adjudicado al inicio. Sí, su estilo sigue siendo bueno y se mantiene fiel al lenguaje directo. Pero, la trama se vuelve predecible desde la primera página y la expectación generada con la primera línea del texto termina por diluirse mientras tratas de entender el modo de «hablar» del narrador.

Del mismo modo que en Temporada de huracanes, aquí se cuenta un hecho desde dos (casi una y media) perspectivas diferentes, otra vez se da voz a un personaje que vive en la marginalidad y también, otra vez, se intenta dar un halo sobrenatural a la atmosfera del relato. Sin embargo, Páradais no logra la contundencia de su antecesor.

En esta ocasión vemos la relación de Polo, un chico que forma parte del personal de mantenimiento de un fraccionamiento de lujo en Boca del Río, Veracruz; y Franco, uno de los inquilinos que es descrito como torpe, gordo y con una personalidad que podríamos denominar como grotesca. Esta «amistad» nace de la conveniencia de Polo para emborracharse gratis y la necesidad de Franco por compartir su obsesión con la señora Madroño, otra inquilina y madre de familia descrita como exuberante.

Desde el inicio se nos advierte que esta obsesión desembocará en una tragedia para ambos personajes y aunque durante las primera páginas la expectación se mantiene en un punto alto, más pronto que tarde se pierde tratando de entender si quien nos está contando todo es Polo o es un narrador interpretándolo. Y es que ese lenguaje que algunos medios han calificado como «crudo» es más bien una prosa casi académica salpicada de palabras del «habla popular» como: cabrón, pinche, chambeador o beberecua.

Incluso llega a haber expresiones que resultarían incoherentes viniendo de Polo (quien se nos ha dicho que vive en pobreza, no terminó la educación básica formal, no parece tener aficiones «intelectuales», y está al borde del alcoholismo a los 16 años) o de su madre, que obviamente comparte la misma realidad. Entonces, resulta inverosímil que ellos usen adjetivos como horrísono, estulto o indolente, eso sí acompañados de palabras y frases muy típicas como cabrón, pinche o hijo de la chingada. Porque, claro, el habla popular es culta pero con muchas groserías.

Pareciera más bien que quien nos está narrando todo es una de las inquilinas del Páradais que se está esforzando por hablar como el niño de mantenimiento mientras le cuenta el chisme a una amiga tomándose un cafecito en el Starbucks.

Melchor, además, intenta introducir un elemento sobrenatural hablando, muy por encima, de La condesa sangrienta, un personaje que supuestamente habitó nada más y nada menos que una casona abandonada cercana al fraccionamiento y cuya leyenda le da pavor a Polo. Pero, lejos de aportar algo a la atmosfera o al personaje en sí no es más que un decorado que pareciera estar ahí para no perder la costumbre de la autora por «jugar» con lo fantástico y lo real.

Cuando por fin sucede el terrible acto anunciado al inicio, se nos pone en un escenario caótico, pero no por la naturaleza del crimen que se termina cometiendo, sino porque todo parece resolverse de una forma muy rápida, al menos en relación con la medida de la expectativa creada. Por otro lado, nunca vi aparecer lo que en algunos medios fue calificado como «sangre fría» por parte de la escritora, y es que sí, plantea una escena de abuso sexual y asesinato, pero lo hace de la misma manera que con su elemento paranormal: por encima. Y no estoy diciendo que fuera necesaria la descripción detallada y grotesca de cada uno de los actos, sólo que desde mi perspectiva no existe esa brutalidad tan mentada en la narración y por momentos parece incluso atropellada.

Aunque parezca lo contrario, no estoy diciendo que Páradais sea malo en sí mismo, de hecho la técnica de Melchor es precisamente lo opuesto, pero sí creo que se le atribuyeron demasiados calificativos de manera prematura y un tanto gratuita. No es brutal, no es conmovedor, no es desgarrador, ni mucho menos el retrato de la marginalidad. Por el contrario, pareciera que estereotipa esa marginalidad atribuyéndole las «penas» que se nos han contado muchas veces, incluso por ella misma: embarazos en la adolescencia, falta de empleo, falta de acceso a la educación, narcotráfico, madres solteras, adolescentes que deben ser adultos de forma temprana, gente que comete delitos… como si esas fueran necesaria y exclusivamente las únicas desgracias ligadas a la pobreza.

Pero no sólo se estereotipa a «los pobres», también Franco, la señora Madroño y su familia están descritos casi como la caricatura de la gente con dinero: torpes, sin cultura, banales a más no poder, condescendientes con los que tienen menos, expertos en fingir felicidad donde no existe, ostentosos y cualquier cosa que ya hayamos visto en sátiras de la clase media alta.

Insisto, el error fue adjudicarle, apenas se anunció, cosas que nadie sabía si iba a lograr porque nunca imaginamos que Páradais podría ser el nacimiento de la «Fórmula Melchor»: pobreza, un crimen, algunas palabras coloquiales y, por no dejar, un elemento sobrenatural.

Recuerdos implantados

Todo inicia con un viaje a un estado ubicado, probablemente, al norte del país. Un grupo de personas avanza sobre un paisaje semidesértico a bordo de una camioneta con el simple objetivo de conocer las ruinas de lo que alguna vez fue una iglesia católica. Uno de los personajes toma por su cuenta la exploración del lugar y, transgrediendo las zonas prohibidas por el guía que los condujo hasta ahí, realiza un descubrimiento inesperado.

Algo así es el recuerdo que vino a mí de la nada hace unos días. Mi primer impulso fue escribir algo con él, la idea me parecía buena y le veía potencial.

Entonces, empecé a crear, mentalmente, la estructura del relato y hasta la primer frase que empezaría a darle forma a esas imágenes que había recordado como parte de algún sueño, uno de esos tan diferentes a los habituales donde los hechos son tan cotidianos que más valdría no recordarlos.

Pero entonces, me detuve a pensar qué más había ocurrido en el supuesto sueño y entre más imágenes se presentaban más me surgían dudas respecto al origen de esa anécdota.

Estuve un buen rato intentando recordar si, en efecto, se había tratado de un sueño o no. Y entonces apareció la duda, harto razonable, de si no habría sido parte de alguna película o quizá algo que leí en algún momento y que se había presentado en mi mente de manera aleatoria.

Mientras más lo pensaba más me preocupaba esa posibilidad por temor a escribir algo que, de primera instancia, me pareciera interesante pero que en el fondo fuera un plagio, casi un calco, de algo que alguien ya creó tal como yo lo veía en mi mente.

Así que al final desistí y vine a contar el motivo por que el que me rehúso a usar esas imágenes, que no se de donde vinieron, para crear lo que sea.

Mandíbula, lo que no quieres que sea posible

Recuerdo que cuando vi por primera vez la película Veneno para las hadas una de las cosas que más me gustaron fue el hecho de que sólo las dos protagonistas aparecieran a cuadro.

Obviamente a los ocho años no me detuve a analizar cómo se cuenta toda la historia exclusivamente desde la perspectiva de sus protagonistas y que los adultos sólo aparecen como meros agentes auxiliares en la trama, porque lo verdaderamente importante es entender el mundo de esas dos niñas.

Desde entonces no recuerdo haber encontrado otra historia (ni en el cine, ni en la literatura) que logrará sorprenderme del mismo modo por anular de manera tan efectiva las voces y visiones ajenas a las del o los protagonistas.

Hasta que me topé con Mandíbula. Una de las cosas más agradables del trabajo de Mónica Ojeda es precisamente la efectividad con la que anula ese mundo externo a sus protagonistas, de manera que sólo importe su visión y la de quienes comparten ciertos códigos con ellas.

Por supuesto que aparecen más personajes, pero cuando lo hacen son meros referentes, catalizadores de algún evento o emoción, o auxiliares en el desarrollo de las protagonistas.

El resultado es que logra establecer de manera muy clara cuál es su perspectiva sin necesidad de enunciarla. Ojeda no explica nada, sino que permite que sean ellas quienes muestren todo lo que es necesario saber y entender.

Si bien además de los personajes adolescentes existe la presencia de una mujer adulta como protagonista de esta historia, su voz nunca rompe la atmósfera establecida por ellas pues, pese a sus características, comparte muchos de sus códigos y termina por fortalecer esa visión tan particular que tienen de su realidad.

Pero no sólo esto fascina en las páginas de Mandíbula. Existe, además, un punto de contacto muy claro con el lector que termina por eliminar la posibilidad de distanciarse de ese universo. Ojeda, hace referencias constantes a cultura popular, sobre todo a la cultura popular del horror en internet: las creppypastas.

Sus personajes no sólo comparten un lenguaje común entre ellos, sino que lo comparten con quien se asoma a su mundo y esto, como todo creppypasta, fortalece la sensación de que lo que nos están contando podría ser posible, aunque no lo sea… o aunque no queramos que lo sea.

Dentro de este universo, existe también una manera admirable para construir escenas casi cinematográficas sin necesidad de llenar las páginas con acotaciones, precisamente porque utiliza elementos que pueden ser comunes a todos.

Así, Ojeda puede «musicalizar» varias páginas sin necesidad de repetirte que la canción no se ha detenido, basta para con que introduzca un par de elementos de la pieza mientras narra la acción para que el lector haga el resto.

Es verdad que esta historia puede resultar un tanto incómoda, en particular porque sus protagonistas son adolescentes y aunque nos queda claro desde el inicio que no son precisamente de mentalidad «inocente», en el imaginario colectivo un niño siempre está ligado a este concepto. Quizás es por ello que las historias de horror con niños como protagonistas siempre tienen el mismo efecto en el espectador.

Y posiblemente la intención de la autora haya sido jugar con estos opuestos. Pues aunque nunca sabemos a ciencia cierta la edad del grupo de amigas, nos queda claro en qué etapa de la vida están y quizá el ser consciente de ello provoca cierta repulsión o aversión por escenas donde existe el miedo, la maldad, la sangre, el sexo o todo eso al mismo tiempo.

En lo personal, debo admitir que me agrada cuando una historia provoca esas sensaciones porque para me indica que esta siendo bien contada pero, sobre todo, que está logrando su propósito. Ha logrado que yo crea, al menos en ese momento, que eso puede ocurrir, que está ocurriéndole a alguien y que yo lo estoy presenciando.

Es por eso que, en mi opinión, Mandíbula logra dos aspectos que para mí son de suma importancia en cualquier historia: plantea de manera efectiva el mundo cómo lo ven sus personajes y logra que el lector sea parte de su narrativa.

No, esta vez no les voy a decir de qué va… porque es más interesante que lo descubran por sí mismos. Sólo terminaré diciendo que en estas páginas no sólo hay una historia, sino que existen otras más, igualmente perturbadoras, creadas por las mismas voces que nos cuentan la trama principal y que sólo a través de ellas se logran entrever los motivos que llevan a ese desenlace.

Call me by your cringe

Por el título ya se sabe cual fue mi impresión general después de leer Llámame por tu nombre (Call me by yor name). Así que, intentaré explicar lo mejor posible el motivo.

Como con todo lo que genera mucho hype no había querido acercarme a esto mientras estaba el fanatismo en su punto álgido. También la película la vi mucho después, apenas el año pasado, básicamente porque prefiero no sesgar mi opinión, para bien o para mal,  por lo que vea u oiga. Así que aproveché una lectura conjunta para por fin llegar a lo que había visto que mucha gente alababa como una bella historia de amor imposible.

El resultado es que no encontré nada de eso de lo que se habla tanto.

Y es que, aunque la película no me desagradó (salvo por algunos detalles), en el libro hay muchísimas situaciones que se perciben de manera muy diferente a lo que se ve en el trabajo de Luca Guadagnino.

Para empezar está el principal detalle: la diferencia de edades.  En la película se menciona la edad de Elio muy de pasada, pero en el libro constantemente te recuerdan que tiene 17 años, o sea que es menor de edad, mientras que Oliver tiene 24. Y a lo mejor están pensando que no es mucho, pero a los 17 hasta tres años pueden significar demasiado.

Si eso ya es un poco extraño, ahora hablemos del hecho de que Oliver parece relacionarse exclusivamente con menores de edad, salvo uno que otro vinculo que se menciona por encima con gente con la que resuelve cosas de trabajo, todo el tiempo sale con Elio o sus amigas, entre las que se encuentra una niña de 10 años con la que se pierde en paseos por la costa, de los que jamás se habla ampliamente. Lo único que sabemos es que Vimini, la niña, queda muy abatida cuando él se va e incluso llega a tener ciertos actos de alguien «enamorado».

Por salud mental, voy a pensar que Oliver era su amor platónico y él la miraba como lo que era: una niña. Y por la misma razón dejaré de hablar de su evidente preferencia por menores de edad para buscar momentos de esparcimiento.

Vayamos mejor al amor que nunca vi. Las tres cuartas partes del libro son Elio y su obsesión por Oliver (sí, obsesión, no amor). Vive acosándolo, oliendo sus trajes de baño cuando él no está, metiéndose a su cama para fantasear que está con él, fantaseando que Oliver se mete a su recamara prácticamente para abusar de él, sufriendo cuando mira o habla con alguien más, comparando su trasero con frutas y haciendo con ello juegos de palabras que dan mucha grima.

Lo siento mucho, pero nada de eso me resulta romántico. Ni tampoco me lo parece el hecho de que se dé a entender que Oliver se la pasó jugando con lo que sentía Elio bajo la excusa de «no puedo hacer nada porque es menor», sólo para que él fuera quien terminara tomando la iniciativa, como si con ello se exculpara de su responsabilidad como adulto. Lo cual tampoco es efectivo, porque cuando uno es el adulto tiene el deber de frenar al que no lo es.

También me causa conflicto que en ese universo pareciera que todo el mundo aprueba las relaciones con menores de edad. Desde los papás de Elio, que parecen elegir a sus residentes para que «congenien» con su hijo (cosa que me parece que linda con la trata) hasta las amistades de Oliver, a quienes les parece súper normal que vayan como pareja a la presentación de un libro de alguno de ellos.

Y ahora algunos pensarán: bueno, pero a fin de cuentas lo «positivo» es que da visibilidad a una relación homosexual… Pues no, queridos, la manera en qué representa esta relación no es para nada positiva.

A ver, que yo estoy de acuerdo en que es necesario y benéfico que se represente a personas no heterosexuales en las historias que se consumen, en el medio que sea, pero siempre que se haga desde el el respeto, lo positivo y lejos de estereotipos dañinos, que lejos de normalizar el que no todo el mundo deba ser heterosexual, pueden contribuir a discursos de odio o a fortalecer imágenes negativas que hacen mucho daño.

Ni Oliver ni Elio son homosexuales, al menos jamás se les etiqueta como tal, pero tampoco se les etiqueta como otra cosa. Uno puede pensar que son dos hombres bisexuales porque ambos se relacionan con hombres y mujeres. Pero al final es algo que está pero no está… se invisibiliza, pues.

Pero vamos a asumir que sí son personas bisexuales. ¿Es positivo que se les dé visibilidad a estos dos personajes en particular?… No, no lo es, porque los dos terminan representando tópicos  negativos.

De Oliver ya no voy a decir nada. Pero está el asunto de Elio, que dizque está confundido por su atracción con Oliver, pero luego resulta que no, porque ya había sentido atracción por otros chicos, entonces básicamente se lo pone como «indeciso». Pero, también está el hecho de que necesariamente tenga que estar con un hombre y una mujer al mismo tiempo, hablo de relaciones paralelas.

Perdón, pero eso no me parece una buena representación para las personas no heterosexuales, al contrario.

Entre todo eso es que intentan hacernos creer que hay una historia de amor, cuando yo sólo veo la historia de un niño (sí, sí era un niño) obsesionado con un tipo que lo impresiona y a un hombre que usa eso a su favor. Y la última parte del libro, cuando se encuentran ya adultos, no tiene mejor resultado. Vemos a dos tipos medio arrepentidos de sus decisiones, uno que quedó muy marcado por lo que pasó y otro que nunca supo asimilarlo.

¿Dónde está el amor?, ¿en la escena de sexo no consensuado del todo, después de la que Elio se siente culpable y miserable?, ¿en un adulto que se hace el desentendido sobre lo que un niño siente por él, pero se la pasa jugando con eso hasta llevarlo a la obsesión?, ¿en un tipo de 24 años que tiene «amistades» sospechosas con menores de edad?, ¿en dos hombres (Elio y Oliver) que utilizan a dos chicas (Chiara y Marzia) para su beneficio?, ¿en unos padres que le facilitan a su hijo el contacto con hombres mucho mayores que él, sin preocuparse de nada?

Y para terminar, está el estilo de André Aciman que no es nada del otro mundo. Es una de las prosas más sencillas que he leído en la vida y parece tener la idea de que las escenas «eróticas» entre más desagradables, resultan mejor. Tampoco me parece que los personajes tengan un desarrollo real, ni siquiera los principales y muchos de los secundarios parecen mero decorado.

Intento entender los motivos por los que a muchos les ha gustado tanto y quizá se deba un poco a que pueda existir cierta identificación en el aspecto del despertar sexual, del auto descubrimiento o hasta de añoranza por alguna relación un tanto prohibida que tuvieron o quisieron tener, no sé. También quiero entender a quienes sí ven una representación del amor no heterosexual.

Pero yo no puedo conectar con todo eso, porque me pesa mucho más el trasfondo, el subtexto que no puedo dejar de ver. Lo siento, pero quizá lo leí con una visión demasiado crítica o analítica. Y no quiero decir que está mal que les guste, esto es tan sólo mi opinión… y tampoco es que sea tan relevante.

Temporada de huracanes, cuando el lenguaje construye

Debo confesar que una de las cosas que más disfruto de mi profesión es la capacidad que ciertas personas alcanzan, claramente yo no, para poner el lenguaje rígido típico del periodismo al servicio de la literatura y viceversa.

Ese talento es algo que siempre me ha resultado envidiable y fascinante, pues aunque pudiera parecer algo sin mayores complicaciones, lograrlo de una manera efectiva es algo que no cualquiera es capaz de conseguir porque transitar ambas formas de expresión en un mismo texto requiere de cierta habilidad para no tropezar con las formas y terminar con un pastiche que repela a todo posible lector.

Por eso es que la narrativa de Fernanda Melchor resulta tan impactante. Y es que, aunque uno no estuviera al tanto de su trayectoria, el oficio de cronista es evidente desde el primer párrafo pero al mismo tiempo deja de manifiesto la soltura con la que se mueve en la ficción literaria.

Las situaciones planteadas en Temporada de huracanes no podían recibir mejor trato que el del estilo de Melchor, pues su pluma encuentra el camino preciso para poner de manifiesto su crudeza sin afectar la verosimilitud de esas anécdotas, que desafortunadamente son una realidad cotidiana en México.

Al tratar esta clase de temas suele ser sencillo caer en el estereotipo y terminar creando narrativas plagadas de lugares comunes o maniqueas que no aportan nada nuevo o diferente en el tratamiento de tópicos que suelen abordarse con cierta frecuencia. Felizmente, Melchor logró trascender este escenario  y logró prestarle nuevas voces a la fatalidad que en muchos lugares es el día a día.

Pero la maravilla en Temporada de huracanes no sólo descansa en cómo su autora ha sido capaz de romper ante los ojos del lector, de manera casi imperceptible, el lenguaje propio de una crónica con el que abre su relato para convertirlo en algo más y de forma natural volver al inicio e incluso jugar con la dureza del lenguaje de los documentos ministeriales sin que en ningún momento se pierda la tensión ni se malogre el ambiente. 

Resulta también notable cómo ha sido capaz de narrar un acontecimiento visto desde los ojos de cada uno de sus personajes, retomando sucesos en varias ocasiones sin resultar reiterativa y que lejos de que esto pueda alejar al espectador haga que se mantenga aún más atento, porque ha sabido darle personalidad a cada una de esas voces y por eso aunque todas narren el mismo hecho sabemos que cada una tendrá algo diferente qué decirnos. Algo que las demás no nos han mostrado.

Es imposible que al poner los ojos sobre Temporada de huracanes alguien pueda permanecer estático, incluso al llegar al último punto el trabajo del lector no concluye, pues la construcción del relato le lleva a continuar ensamblando las piezas que la autora le va soltando de a poco, convirtiéndose en un texto bidireccional. Casi un diálogo. 

 

 

De eventos inexplicables y gatos miedosos

La verdad es que siempre he sido bastante escéptica respecto a los llamados fenómenos paranormales,  porque considero que todo cuanto pasa en el universo entero tiene una explicación racional.

Así que cuando he creído ver o escuchar cosas «extrañas», y a pesar del sobresalto inicial que suele producir cualquier hecho inesperado, me ha resultado relativamente sencillo encontrar la calma y no obsesionarme con las situaciones, pues normalmente encuentro las razones lógicas de esos acontecimientos.

Pero, claro, iba a haber un día que la explicación no se presentara de ninguna manera, por más que yo me afanara en buscarla y no quedó más remedio que dejar ese episodio como algo inexplicable, termino que prefiero en lugar de «paranormal», porque no nos consta que se trate de ello.

El día llegó cuando no había nadie en casa conmigo salvo mis tres gatos (Akasha, Dalí y Wlliam… no nos juzguen). había estado trabajando sin parar hasta media noche, levantándome apenas lo necesario para comer y demás.

Total, pasadas las 12 de la noche decidí que era tiempo de irme a dormir y cuando entré al cuarto me pareció extraño que ninguno de los gatos me siguiera, pues normalmente hay disputa por meterse a dormir, incluso los llamé pero ninguno entró.

Pensé que al haber tenido la puerta del patio de atrás abierta ellos habrían podido salir y probablemente estaban ahí o vagando en algún lugar. Pero no, revisé bajo la mesa y ahí estaban durmiendo.

No sé bien porque, pero me llevé a William al cuarto y en la primera oportunidad salió corriendo. Entonces, cerré la puerta y me acosté. Estuve un rato revisando cosas en el celular, o sea viendo Facebook, y lo dejé en la mesita de noche.

Cuando me estaba acomodando para dormir recordé que debía levantarme temprano y no había puesto ninguna alarma, así que volví a tomar el celular para programarla y volví a acostarme, pero esta vez me quedé recargada en la pared.

Creo que antes de seguir, debo explicar esto de la pared. Bien, mi cama no tiene cabecera y en ese entonces esa parte estaba pegada a la pared debajo de la ventana del cuarto, por lo que detrás mismo quedaba la cortina, una cortina bastante larga que llegaba al suelo,

Entonces, estaba yo recargada en la pared cuando de pronto sentí movimiento bajo la cama y pensé que podía estar temblando. Pero no, se oyó ruido de cosas moviéndose, seguido por algo semejante al bufido de un animal. Algo así como si un pastor alemán, un labrador o un bull terrier se hubiera hechado bajo mi cama, justo debajo de donde yo estaba acostada, luego de haber corrido tras algo, mientras pude sentir como se jalaba la cortina hacía abajo como si hubieran tirado de ella.

Por supuesto, lo primero que pensé es que había sido uno de mis gatos, pero de inmediato recordé que ninguno quiso entrar y antes de cerrar la puerta los vi a los tres afuera. Entonces, me pareció lógico que otro gato hubiera entrado por la puerta del patio. Pero, el ruido y la «respiración» que había oído no eran de un gato, era algo más grande.

Y aquí se perdió más la lógica, porque ¿si un animal grande se había colado de algún modo en mi casa cómo diablos había cabido debajo de mi cama, si el espacio entre ella y el suelo es de 15 centímetros a lo mucho?, ¿y por qué ninguno de mis gatos se había inmutado ante la presencia de alguien que no vivía con nosotros?

Dejé de pensar y me ganó el susto.Prendí la televisión, puse alguna película y dormí un par de horas cuando dieron las 7 de la mañana. Al levantarme, no había nada bajo la cama y apenas abrir la puerta del cuarto Akasha, Dalí y William entraron corriendo.

Nunca más vi ni escuché cosas extrañas en esa casa y unos meses después terminó mi contrato de arrendamiento.

¿Qué pasó?… supongo que jamás lo sabremos, pero ha quedado como un suceso inexplicable para contar de vez en cuando.

 

 

 

Cuando la realidad te obliga a la empatia

Si contara las veces que he escuchado o leído cómo se culpa a las personas victimas de relaciones con narcisistas que acaban destrozándoles el ánimo y la vida, no terminaría jamás.

Es demasiado común ver que se les culpe, diciendo cosas como «ella tiene la culpa, por dejada», «es que no sabe escoger», «se lo merece por permitirlo», «si no le deja es porque le gusta»…

Y luego están todas las tonterías que nos han hecho creer sobre las mujeres víctimas de maltrato: que si son personas con poca formación académica, que si sólo le pasa a mujeres de condición social desfavorecida, y un largo etcétera que nos hace pensar que somos inmunes porque no caemos en ninguno de esos supuestos.

Entre la creencia de sentirte inmune y el miedo a ser culpada, el día que tienes la mala suerte de caer ahí te cuesta lo inimaginable, primero darte cuenta de dónde estás y después hablarlo abiertamente… Y esta es su respuesta al famoso «¿y por qué no lo dejó?»

Honestamente, hoy me avergüenza un poco haber sido una de esas personas a quiénes les parece muy sencillo juzgar a mujeres en esas circunstancias. Tuve que estar del otro lado para entender que por más formación y privilegios que tengas, sí puedes terminar en una relación de abuso.

Y es que contrario a lo que parecen creer quienes preguntan «¿por qué aceptaste estar con él si era tan malo?, al inicio nunca evidencian serlo y todo es tan gradual y sistemático que resulta imposible dilucidar cómo acabaste ahí.

Al inicio de mi relación él era, o pretendía ser, justo lo que yo esperaba de una persona: era atento, se preocupaba por mí, me escuchaba y me apoya con mis problemas, era detallista, se interesaba por lo que a mí me importaba, me animaba cuando mis días no iban bien y por si fuera poco me trataba como si fuera la persona más importante del mundo.

Me hizo creer que él y yo éramos la pareja perfecta, que estábamos destinados a estar juntos y que nuestro amor era una de esas cosas que pasan tan pocas veces que hay que aferrarse a ello con uñas y dientes.

Por supuesto, en el camino me hizo comprarle la idea de un sinfín de proyectos juntos y de un futuro casi idílico, porque yo era el amor de su vida y él era capaz de todo por mí.

Con el tiempo, y de manera muy gradual, todo eso desapareció y llegaron las mentiras, las infidelidades, las burlas, las humillaciones, la ridiculización y desvalorización constante de mi persona y de todos mis intereses e incluso de mi trabajo y capacidades profesionales. Aunque en este último aspecto no logro mucho, porque eso es una de las pocas seguridades que siempre, o casi siempre, han sido inamovibles para mí.

Poco a poco me fui alejando de la gente que me quería y se preocupaba por mí porque trataban de hacerme ver la realidad pero, yo no escuchaba nada simplemente porque él me repetía hasta el cansancio que «ellos tienen envidia de no tener una relación como la nuestra, donde siempre nos apoyamos en todo y nos tenemos tanta confianza que nunca nos ocultamos nada y siempre estamos dispuestos a mover cielo, mar y tierra para que el otro esté bien». La verdad es que la única que hacía todo eso era yo.

Así, poco a poco dejé de ser importante en la relación y todo giraba en torno a sus problemas y sus necesidades, si yo me enfermaba, necesitaba algo, me sentía mal, quería hablar sobre alguna preocupación o simplemente de algo que me gustaba, siempre era eclipsado por sus mil problemas, que a la postre supe que eran mentira.

Y en algún punto, yo ya no tenía amigos y había dejado de confiar en mi familia, tampoco tenía dinero porque él se encargaba de que la mayoría fuera a parar a sus manos, porque entre sus muchas mentiras decía que tenía cáncer y siempre necesitaba comprar medicina, pagar estudios y un largo etcétera.

Así que cuando aparecieron los gritos, las burlas por mi físico, las críticas por reírme de cualquier cosa, los chantajes, las amenazas, el control desmedido, las infidelidades que hoy no podría contar y el acoso sistemático yo ya no tenía a quién recurrir, yo había cortado mis redes de apoyo.

Cuando empecé a ser más o menos consciente de que algo no iba bien lo más difícil fue reconocer que mis estúpidos estereotipos sobre quienes sufren maltrato estaban mal y entender que con todo y mi formación profesional yo estaba siendo víctima de un narcisista.

La confrontación conmigo misma fue muy dura y aún unos meses después de terminar esa relación no podía verme al espejo sin ver a la responsable de mi dolor.

Pero llegar a ese punto me costó mucho, porque por un lado estaba esa confrontación interna y por otro, el temor a enfrentar los comentarios que seguro me iban a culpar, y cómo no lo iban a hacer los demás si yo misma lo estaba haciendo.

Y bueno, también estaba el hecho de que esa clase de personas te hacen creer que un día todo va a volver a ser como al inicio, que no estás enamorada de un personaje que ellos se inventaron, sino de alguien real que «sabes» que está ahí pero que sólo pasa por un mal momento, en mi caso todo lo justificaba con el cáncer. ¿Cómo no iba a estar enojado con la vida?, pero si yo era paciente y le demostraba que estaba ahí para él, tarde o temprano la buena persona que yo «sabía» que era volvería a emerger… Pero, esa persona nunca existió.

Un día entendí que todo iba a ir empeorando y que era urgente que me alejara. Lo entendí porque me torció el brazo dejándome sus dedos marcados por varios días en el antebrazo. No, fue la primera vez hubo violencia física, pero sí la primera que entendí que iría escalando. Antes ya me había empujado y jalado y cuando le reclamé ese acto dijo lo típico: pero es que no te pegué, estás exagerando.

Decidí dejarlo, pero no me lo permitió, seguía esperándome afuera del trabajo todos los días, en los que obviamente todo terminaba en pleitos y conmigo llorando.

Así que, llena de miedo decidí bloquearlo de todos los medios por los que pudiera contactarme. Tenía miedo porque sabía los grados de violencia que era capaz de alcanzar y no quería ni pensar en cómo reaccionaría cuando sintiera que había perdido el control.

Salía del trabajo con miedo y llegaba a casa deseando que no estuviera ahí esperando para hacer otra de sus escenas que me arrastraran a seguir con él. Por casualidad me cambié de casa y eso quitó un poco el temor. Y sí, volvió a buscarme pero desistió cuando se dio cuenta que la persona a quien él había dominado ya no existía.

Me tomó meses entender qué, cómo y por qué había pasado todo. Poco a poco fui consciente de que él había aprovechado mis debilidades e inseguridades, primero para acercarse y después para usarlas en mi contra. Incluso en algún arrebato de sinceridad, me confesó que al inicio de la relación había hecho algunas cosas con la finalidad de «ponerme a prueba y ver mis reacciones».

Entendí que a pesar de toda la confianza que yo tenía en mis capacidades cognitivas, estas no habían tenido nada que ver aquí, que mi responsabilidad en esta historia radicó en lo negligente que fui conmigo misma, no mientras estaba con él sino desde antes, desde que ignoré mis debilidades emocionales y me las escondí a mí misma, desde que dejé que mis inseguridades crecieran ocultas en un velo de falsa seguridad que él sí supo ver que no existía.

Sería increíble que no tuvieramos que atravesar por nada similar para lograr empatizar con quienes padecen una relación abusiva que muchas veces tiene finales trágicos, que apartaramos los prejuicios y los comentarios negativos porque esos son los que fomentan el silencio de nuestras hermanas, amigas, compañeras de trabajo y conocidas en general que siempre nos van a hablar maravillas de sus parejas por temor a recibir burlas o a ser juzgadas.

Afortunadamente, yo entendí antes de que la violencia fuera aún mayor y a pesar de haber cortado mis redes de apoyo le abrí la puerta a personas que me ayudaron a tomar la decisión de alejarme de eso que nunca pensé que me tocaría vivir a mí.

No sé bien porqué he escrito esto, quizá sea una manera de que alguien que llegue aquí por casualidad posiblemente se detenga a pensar dos segundos antes de juzgar a una persona en esa situación, o que alguien que no se ha atrevido a reconocer su situación y salir de ella empiece a cuestionarse su realidad… o posiblemente porque no tengo nada qué hacer y hace poco alguien volvió a insinuar que había sido mi culpa y sólo necesité reafirmar que yo no «me lo busqué».

Contar todos los detalles de los casi cuatro años que estuve en esa relación sería demasiado largo y quizá hasta innecesario… y aún así a veces creo que no sería tan mala idea si pudiera servir de algo.

Problemas irrelevantes

Siempre me ha parecido un tanto ridículo sentirse en conflicto ante la incapacidad momentánea de leer. Quizá es el exceso que los feligreses de la lectura imprimen a su pretendida frustración.

Por esto es que nunca me ha preocupado caer en esos baches y, en esos momentos, he optado por sustituir esa actividad por otra cualquiera. Sí, la verdad es que me he llegado a burlar un poco de quienes ante algo semejante sufren, o pretenden hacerlo, de manera desmedida.

Posiblemente por eso es que lo que viene a continuación suena muy extraño viniendo de mí: me angustia el trabajo que me está costando leer.

Desde meses atrás empecé a notar que tardaba más tiempo en mis lecturas, aunque se tratara de cosas que me interesaban o disfrutaba. Pero, como siempre, lo dejé correr y no trascendió en lo más mínimo.

En este mes, aunque no he leído precisamente poco, me ha costado iniciar con un nuevo libro luego de terminar otro y además he cambiado mis lecturas «elegidas» en dos ocasiones porque no podía concentrarme en ellas o simplemente eludia sus páginas.

Parece que sólo me es posible enfocarme en tramas breves y estilos sencillos que no exijan de mí una total concentración y la verdad es que mi método de selección parece no estar resultando de utilidad (en realidad no hay tal, es más bien azaroso y caótico, así que por definición no lo es).

Supongo que me enfocaré en cuentos y novelas cortas antes de darme un respiro total de esta cosa llamada lectura.

Así que si las dos personas que leen esto tienen a bien sugerirme algún título, les estaré muy agradecida.

Favoritos del 2019

Como el año pasado hice una selección de mis lecturas favoritas esta vez quería hacer uno de lo menos decente que leí, pero no existió algo que me haya desagradado… Así que, nos vamos a conformar otra vez con los favoritos. Son 12 porque me chocan los conteos en múltiplos de cinco.

1. Estaciones de paso, Almudena Grandes

Tenía buenas referencias de la escritora pero nunca me había acercado a algo suyo. Resulta que me sorprendió su manera de construir atmósferas y la capacidad de darle una voz distinta a cada personaje según su edad, condición social y hasta su género. Son cuentos donde la mayoría de sus personajes son adolescentes que nos van a contar algún evento que resultó en un cambio radical en sus vidas; sin embargo, el hecho de que sus personajes sean jóvenes no vuelve superfluas sus vivencias

2. A tiro limpio, Boris Vian

Es una especie de novela policíaca ambientada en un mundo sumamente extraño donde absolutamente nada es previsible. El estilo de Vian es sumamente ágil, divertido e irónico. Pero no por ello deja de criticar y cuestionar siempre desde la sátira.

3. Indigno de ser humano, Osamu Dazai

El personaje principal narra los sucesos de su vida y nos hace partícipes de su falta de emoción y empatia ante cosas cotidianas o que pueden parecer muy comunes, pero que para él resultan desconocidas o ajenas por lo que siempre siente una especie de vacío que lo hace sentirse lejano a la humanidad.

4. Demasiada felicidad, Alice Munro

En cada cuento de Munro uno puede reconocer perfectamente a los personajes, es decir, aunque casi todos son mujeres en ningún momento se sienten repetitivos o similares, sino que cada uno responde a características particulares. Además, Munro logra plantear perfectamente a sus personajes sin necesidad de usar cientos de páginas para ello, en el espacio de un cuento es capaz de delinear magistralmente la psicología de cada uno de ellos.

5. Los ingrávidos, Valeria Luiselli

No tenía expectativas muy altas con este libro, pero me sorprendió cómo juega con los tiempos dentro de su novela y como a lo largo del relato su narrativa va creciendo y los relatos que parecen suceder un tanto ajenos entre sí van poco a poco convirtiéndose en uno mismo.

6. Pétronille, Ámelie Nothomb

Es una historia sobre una amistad bastante peculiar y un personaje que lo es mucho más aún. A través de su narración, Nothomb se encarga de hacernos sentir la fascinación que su narradora siente por Pétronille, convirtiéndola en un personaje sumamente entrañable.

7. El brujo del cuervo, Nwuwi Wa Thing’o

Es una sátira sobre como se maneja el poder en los regímenes tiránico y como las personas pueden corromperse al entrar en el entramado de ese poder. A través de situaciones fantásticas, se denuncian situaciones como la corrupción, la tortura, las conspiraciones o las desapariciones forzadas.

8. Kentukis, Samanta Schweblin

La gente compra una especie de mascotas robóticas que transmiten lo qie «ven» a otra persona, dándoles la capacidad de interactuar como amo y mascota durante el tiempo que decidan que debe durar esa conexión. Aparentemente el texto está situado en un ambiente futuristico, pero muchos de los planteamientos que se proponen podrían situarse perfectamente en la actualidad. Sólo habría que sustituir esos seres inventados por Schweblin por las pantallas de ordenadores o teléfonos móviles para qur al hacerlo nos coloquemos ante una aterradora revelación.

9. Novecento, Alessandro Baricco

Un músico nos cuenta la vida de un personaje muy particular, pues nació y vivió toda su existencia a bordo de un barco sin más compañía que la de la tripulación y sus pasajeros. Sin embargo, con esa apartente poca experiencia logra darle al narrador varias lecciones sobre lo que es vivir y sobre la propia existencia.

10. Comedia infalible, Henning Mankell

Nos cuenta la vida de Nelio y su pandilla de niños callejeros, todas las dificultades que han conocido desde el momento mismo de su nacimiento y los golpes que les han obligado a despojarse de toda inocencia para enfrentar la vida con la madurez propia de un adulto, pese a ser tan sólo unos niños. Las situaciones que se plantean con toda crudeza logran irremediablemente conmover al lector y lo obligan a reflexionar acerca de lo que pasa en el mundo real, por más distancia física o imaginaria que se pueda llegar a sentir de todo ello.

11 y 12. Cuentos y poesía reunida, Amparo Dávila

Me atrevo a decir que la considero una de las mejores escritoras mexicanas. Sus relatos tienen una ejecución magistral, maneja la tensión dramática de una manera excelente y logra mostrar el horror en situaciones aparentemente normales, pero que vistas desde otro ángulo no resultan tan comunes. Respecto a su poesía, crea imágenes perfectas y ambientes maravillosos.

De mensajes motivacionales y otras tonterías

Revisando la sección de Recuerdos de Facebook pude leer los mensajes, que como media humanidad, compartí con motivo del fin de año desde 2016 y observé un ligero patrón.

Resulta que desde esa fecha empecé a hablar de cambios favorables en mi vida, de decisiones para sanarme emocionalmente y sobre todo de asumir plenamente quién soy, qué quiero y qué jamás volveré a permitir que entre en mi entorno.

Y sí, desde ese año tuve un gran crecimiento emocional que pude ir sacando de uno de los episodios más grises de mi existencia. Es que no había más, una sólo puede salir de ciertos túneles de dos formas: destrozada o fortalecida. Elegí la segunda.

A partir de entonces, decidí trabajar en mí misma y aunque el trabajo en uno mismo jamás termina, siento que al menos he logrado progresar bastante respecto a muchas situaciones que estaban contribuyendo con mi ansiedad.

Me ha costado un par de momentos en que he sentido que esa ansiedad va a ganar, he llorado, me he cuestionado muchas cosas que tenía por ciertas pero, a estas alturas me conozco mejor de lo que nunca lo hice.

Si tuviera que definir el 2019 con una palabra, elegiría «renovación» porque al fin he avanzado considerablemente en ese camino que elegí comenzar en 2016 cuando escapé de la relación más destructiva que alguna vez pude imaginar.

Y aunque a veces bromeo diciendo que querría borrar de mi historia el día en que empezó todo eso, hoy reconozco que de no ser por ello quizá jamás habría emprendido todo este aprendizaje.

Evidentemente este camino no ha sido fácil y por eso no lo habría podido transitar yo sola. Agradezco infinitamente a las personas que nunca me dejaron caer, a las que me tendieron su mano en medio de la oscuridad aunque hoy hayan tomado otros rumbos, a quienes me ayudaron a reconocerme, a todos los que me han dado su tiempo, apoyo y cariño en esto.

Pero, también 2019 trajo una de las mejores decisiones que he tomado últimamente: aceptar colaborar en un proyecto que ambicionaba crear una revista literaria. Ese proyecto que me ayudó a creer de nuevo en mí como profesional y que nunca imaginé que tuviera el resultado que ha tenido. Gracias a Katabasis por devolverme las ganas de crear y regalarme la amistad de personas maravillosas.

Gracias a todos siempre, se queden o se vayan, nada en el mundo me hará olvidar su parte en mi historia y siempre tendrán la certeza de que pase lo que pase seguiré aquí si hace falta.

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