Lecturas dirigidas

Jamás había seguido uno de los famosos retos de lectura que suelen aparecer a granel en estas fechas. Sin embargo, este año me pareció buena idea participar del convocado en Lectura de medio tiempo, y no sólo por mi relación con dicha página sino porque me parecía que contenía una buena cantidad de lecturas que tenía pendientes en mi librero.

Cabe mencionar que mi participación en la configuración de esta lista fue prácticamente nula, por lo que tampoco podemos decir que pudiera haber sido un reto «a modo».

Mi experiencia siguiendo este reto ha sido un tanto extraña, pues si bien a comienzo del año empecé a avanzar muy rápido con los puntos a seguir, conforme se acercaba el final empecé a ir cada vez más lento e incluso llegar al punto de cuestionarme las razones de seguir llevándolo a cabo.

Aunque, para ser sincera, lo que en realidad entorpeció mi ritmo de lectura fueron diversos motivos personales que acabaron tocando muchos aspectos de mi vida.

Pese a todo ello ha resultado interesante establecer una especie de guía para seleccionar mis lecturas y creo que fue así porque al final cubrí los puntos en el orden que quise e intercalé muchas otras lecturas.

Quizá la razón por la que jamás había suscrito ninguno de estos desafíos se debe a que todas las propuestas me parecían llenas de puntos tan insulsos como: leer un libro con la pasta roja, uno con un número en el título, una saga literaria, uno con X número de páginas, uno de un escritor guapo, etc.

Y es que cada vez que aparecen estas listas en mis redes sociales no sé si reír o llorar. Pero, a ver, que no estoy diciendo que esté mal que otros las sigan, si eso les parece interesante o les ayuda de algún modo, me parece excelente que lo hagan.

Mi principal problema con estos retos, más allá de sus consignas, es que siempre he estado en contra de realizar una lectura dirigida porque me parece que al final es un poco como leer por asignación y, en lo personal, eso puede acabar por ser desalentador, sobre todo cuando los puntos a cubrir no representan un verdadero desafío o propuesta que nos aleje de nuestra zona de confort.

Y es aquí donde vuelvo al incio. Si bien, algunos puntos de esta lista no los tenía contemplados, ni a largo ni a corto plazo, y tuve que hacerme de los títulos que los cubrieran, al final me obligó a llegar a algunos títulos que tenía rezagados desde hacía muchísimo tiempo y también a probar una nueva manera de seleccionar mis lecturas.

Pero, aunque creo que puede ser hasta benéfico tener un método ordenado para elegir lo que uno va leyendo, creo que yo conservaré mi ya probada y un tanto caótica estrategia para saber qué leer. A pesar de esto, no descartó volverme a embarcar en otro desafío similar, siempre y cuando me resulte interesante o útil.

Acá la lista de los títulos que elegí para cada punto:

  1. Novela rusa: Crimen y castigo, Fiodor Dostoiewski
  2. Novela francesa: A tiro limpio, Boris Vian
  3. Poesía completa de un autor: la poesía completa de Federico García Lorca
  4. Antología de poesía: El traidor II, poetas franceses y alemanes de los siglos XIX y XX, editorial ALDVS
  5. Ensayo mexicano: El perfil del hombre y la cultura en México, Samuel Ramos
  6. Autor mexicano (narrativa): El apando, José Revueltas
  7. Filosofía occidental: La condición humana, Hannah Arendt
  8. Filosofía oriental o de Medio Oriente: La agonía de Eros, Byung-Chul Han
  9. Clásico grecorromano: La Eneida, Virgilio
  10. Autobiografía/diario: Recuerdos, Rabindranath Tagore
  11. Cuentos de autor latinoamericano: Río subterráneo, Inés Arredondo
  12. Cuentos de autor oriental: Historia de la mujer convertida en mono, Junichiro Tanisaki
  13. Libro de un premio Nobel: Demasiada felicidad, Alice Munro
  14. Novela o antologia de terror: La maldición de Hill House, Shirley Jackson
  15. Novela policíaca: Una visita inesperada, Agatha Christie
  16. Novela de ciencia ficción: La mano izquierda de la oscuridad, Ursula K. Leguin
  17. Teoría literaria o de arte: El surrealismo, Jacqueline Chenieux-Gendron
  18. Cartas/novela epistolar: Cartas de Alejandra Pizarnik y León Ostrov
  19. Autor africano: El brujo del cuervo, Ngugi Wa Thiongo
  20. Obra medieval: La carta del preste Juan, anónimo
  21. Obra de teatro: La evitable ascención de Arturo Ui/Las visiones de Simone Machard, Bertolt Brecht
  22. No ficción: La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexievich
  23. Poesía oriental o de Medio Oriente: Poemas del Río Wang, Pei Di y Wang Wei
  24. Autora hispanoamericana: Kentukis, Samanta Schweblin
  25. Bonus, obras completas de un autor: Poesía reunida y Cuentos reunidos, Amparo Dávila

Leer entre líneas

Nunca me he considerado una persona supersticiosa y sin embargo, tengo una propensión que muchos podrían calificar de superchería: creo terriblemente en los presagios.

Pero no me refiero a que confíe en los horóscopos, las lecturas del Tarot, la quiromancia o cualquier otro de los sortilegios que pretenden lanzar una mirada al futuro. De lo que hablo es quizá más simple.

Aunque me resisto a creer en eso que hemos dado en llamar destino, no puedo evitar pensar que ciertas casualidades cruzan nuestras vidas por una razón providencial y no, no me refiero a las justificaciones que solemos darnos luego de un fracaso de cualquier índole y nos consolamos diciendo cosas como «me sirvió de experiencia» o «bueno, al menos aprendí que…»

Hablo de esas señales que uno no busca conscientemente pero que de algún modo aparecen en el momento preciso. Esos detalles que parecen darnos la respuesta a nuestras cavilaciones, cuando no nos sumen más en ellas.

A menudo ocurre que en realidad no pensamos nada concreto pero la persistencia de ciertas apariciones nos lleva a preguntarnos si acaso tendrán algún significado o importancia ocultas.

Precisamente fue este el caso al que me enfrente esta mañana. Todo era normal, abordé el autobús para ir a una cita de trabajo y en algún punto del trayecto abrí la aplicación de Facebook para encontrarme, casi de inmediato, con una cita extraída de los diarios de Alejandra Pizarnik que ponía: Yo creo que nada se remplaza.

Luego de un ligero suspiro, que no supe de donde vino, decidí guardar el teléfono y aplicarme a mi lectura. En esas estaba cuando de pronto la prosa de Amélie Nothomb me arrojó, en medio de una escena emotiva, la frase: Nadie sustituye a nadie.

Mi mente, siempre atenta a esta clase de casualidades, me obligó a detenerme en seco y maravillarme por la similitud entre ambas afirmaciones. Pero luego de un breve momento empecé a preguntarme si quizá esto se trataba de una especie de respuesta no solicitada ante una situación que un día antes me había desconcertado profundamente.

Sucede que a menudo tropiezo con esta clase de «avisos» en mis lecturas diarias, o bien, en la música que escucho y aunque quizá sólo se trata de una suerte de sugestión auto impuesta me resulta imposible preguntarme el porqué de estas coincidencias.

Llevo más de 36 horas intentando terminar esta idea (el incidente ocurrió el martes por la mañana y ahora es la madrugada del jueves) y en todo este tiempo no he dejado de preguntarme si esa súbita aparición significara algo.

Posiblemente sea sólo eso: una casualidad como todos los millones de ellas que ocurren cada segundo y sólo me estoy dejando llevar por mis afectos absurdos que necesitan tener una razón de ser, o una para evitar dejar de ser.

Quizá me rehuso a enfrentar la tan anunciada ruptura de cierto vínculo y estoy atenta a cualquier señal que me persuada a intentar repararlo, aunque bien sé que como en todo lazo no sólo depende de mi voluntad.

O tal vez simplemente quiero pensar que el universo y su caos tienen un poco de sentido y los humanos, en medio de todo nuestro absurdo, podemos entreverlo de vez en cuando a través de estos presagios misteriosos.

La única certeza que tengo en esta madrugada es que Pizarnik y Nothomb tienen razón: nada en la vida es sustituible a pesar de que todo es absolutamente prescindible.

Recuerdos y sonidos

Alguna vez he dicho que por culpa de mi buena memoria asocio una buena cantidad de música, poemas, libros, sabores y olores a momentos específicos de mi vida.

A veces tardan en tomar forma y aparecen sutilmente dejando la impresión de que alguna melodía, por ejemplo, es o fue importante y uego de un momento el recuerdo se instala a sus anchas.

Sin embargo, existen un par de cosas asociadas de manera inseparable e irremediable a ciertos momentos sumamente concretos.

Es el caso de la canción Come undone, de Duran Duran, y el que llamaremos el segundo mejor beso de mi historia, al menos en orden cronológico.

Conocí al personaje en cuestión cuando yo tenía 12 o 13 años y él un par más. Como a esa edad dos años parecen demasiado, yo lo veía como alguien «mayor» e interesante, las dos cosas que por entonces me parecían irresistibles.

Toda la vida he sido mala para las relaciones y jamás he sabido demostrar mi interés en alguien, así que pasé a formar parte de su círculo de amistades, o mejor dicho, conocidos.

Un par de años después dejé de saber de él y el encuentro con mi primer enamoramiento real eclipsó su recuerdo. Pasaron casi 15 años para que pudiéramos volver a coincidir, en un antro dizque underground.

Como era de esperarse, nos pusimos al corriente sobre lo que habíamos hecho de nuestras vidas hasta entonces. Luego de un par de cervezas y un poco de baile, confirmé que efectivamente era un tipo bastante interesante aunque físicamente ya no me parecía tan atractivo como en el pasado.

Al final de la noche acordamos volver a ir al mismo lugar la semana siguiente con algunos amigos. Ese día seguimos hablando, bailando y demás cosas que se hacen en esos lugares.

En algún momento él se separó del resto sin decir a dónde iba y un par de minutos después yo fui a comprarme una cerveza. Debo aclarar que no hubo acuerdo de por medio.

Cuando caminaba para reunirme con los demás escuché que alguien me llamó, lo vi sentado y me acerqué. Me invitó a descansar un rato y estuvimos platicando algunos minutos sentados lado a lado en un sillón.

De pronto empezó la bendita canción y comenzamos a cantarla, o a pretender hacerlo, en algún punto volteamos a vernos y así, sin más, ambos nos acercamos al otro y empezó todo. Terminó la canción y nos pidieron salir del lugar.

Obviamente, mi yo de 13 años se sintió realizada por haber besado a su crush, pero la persona de veintitantos que era se sintió un poco mal sabiendo que eso no estaba bien porque estaba saliendo con alguien y aunque las cosas ya estaban casi concluidas aún no se habían finiquitado del todo.

Con el protagonista de la anécdota jamás ocurrió nada más y tiempo después volvimos a perder contacto y aunque ya no hablamos sigue teniendo mi admiración por la persona que es ahora.

P. D. Ahora tengo miedo que algún día TÚ puedas leerlo y te enteres de la clasificación que tuviste y tienes en mi historia. Pero qué más da, ahora tienes la libertad de hacerme burla con esto.

Long gone

Hace dos años desperté temprano para ir a trabajar y cuando tomé mi teléfono, para leer si había algo importante que saber antes de llegar al trabajo, encontré un mensaje que una hora antes me había enviado una amiga.

Lo único que decía era: ¿ya viste lo de Chris?, seguido de un emoji de sorpresa… no quería creer que se tratara de algo trágico que lo involucrara. En cuanto subí al bus que me llevaría al trabajo me limité a escribir «Chris Cornell» en el buscador.

De inmediato aparecieron todas las noticias confirmando el suceso que esperaba no leer sino hasta muchos años más tarde. Aún así busqué y leí todo cuanto pude en redes sociales, ahí estaba una y otra vez la noticia de su muerte, de su suicidio. Las palabras «Chris Cornell has died» las vi muchísimas veces en varios idiomas.

Mientras leía todo eso, fue inevitable derramar un par de lágrimas y recordar todos los momentos grandiosos que hasta entonces había vivido con su música. Todo el día mi ánimo fue el de alguien que acababa de perder un ser querido, y así lo sentí genuinamente

Horas después empezaron a llegar muchos mensajes de gente que sabía de mi devoción (sí, creo que es la palabra exacta) por su persona y su música para darme el pésame por algo que ellos sabían, o intuían, me estaba afectando profundamente.

Si no recuerdo mal, el malestar me duró una semana. Estaba consternada, triste y sólo pensaba en que ya no podría volver a formarme durante horas para entrar a sus conciertos y lograr un lugar hasta el frente o escuchar alguna canción suya por primera vez.

Hubo muchas personas que creyeron que mi reacción había sido exagerada e incluso les llegó a parecer cómico.

Lo cierto es que la música, la suya en particular, ha sido una parte muy importante mi vida. Y es que para alguien con problemas para socializar y cierta dificultad para comunicarse, la música, la literatura y otras cosas, más que pasatiempos agradables, pasan a ser parte de uno mismo.

Mi historia con su música empezó cuando yo tenía unos 12 o 13 años y descubrí, en el desaparecido canal 28, algunos videos en los que la misma voz y el mismo tipo, que me había parecido el más guapo, eran una constante. Sin embargo, el canal nunca ponía información de los vídeos y no tenía manera de saber de qué se trataba.

Mis referencias musicales hasta entonces consistían en lo que podía oír en la radio más comercial que pueda imaginarse alguien, así que el sonido resultó toda una revelación para mi yo adolescente.

Después de un par de años, la que fue una de mis mejores amigas me preguntó si había escuchado una canción que se llamaba «Like a stone» y ante mi negativa me dio un audífono y la escuchamos juntas. Bastó eso para que surgiera nuestro amor incondicional al dueño de esa voz.

Gracias a su hermano mayor descubrimos que esas canciones que me habían impactado tanto unos años atrás eran «Burden in my hand», «Black hole sun» y «Can’t change me». Desde entonces hicimos todo lo posible por hacernos de cuanto material relacionado a Audioslave y Chris Cornell se atravesara en nuestros caminos.

Así, también hice todo lo posible por ir al concierto de Audioslave, en 2005; el de Cornell como solista, en 2007, y el de Soundgarden, en 2013, y en cada uno de ellos disfruté infinitamente escuchar su música en directo, verlo frente a mí disfrutando igual que todos los demás.

Siempre agradeceré haberme encontrado con su música, porque me ha acompañado en los momentos más felices y también en los más complicados. Cada vez que me sentido sin rumbo, sola, desesperanzada, o eufórica sus letras me hicieron compañía y muchas veces me ayudaron a ponerle palabras a esas emociones presentes en depresiones, alegrías, enamoramientos, duelos, pérdidas, logros y prácticamente cualquier otra que uno pueda imaginarse. También, gracias a mi amor por su música he conocido a gente maravillosa.

Dos años después de su muerte, sigo lamentando que sus seguidores nos hayamos visto privados de su talento y su compañía indirecta. Por supuesto, quienes perdieron más fueron su familia y amigos, pero sin duda el mundo perdió a un grande.

Obviamente la trascendencia que tuvo lo que hizo va mucho más allá de cualquier sensiblería que todos sus fans podamos escribir. Pero seguro que no podría decir nada nuevo o diferente sobre su trayectoria, eso le toca a los que saben. Yo me limito a agradecer la existencia de Christopher Jonh Boyle y su música que me seguirá acompañando hasta el final.

P.D. La imagen que ilustra esta entrada es una primera página de alguna de mis libretas. Desde la prepa y hasta hace algunos años cada una de mis libretas, cuadernos o carpetas tenía así la primera página, con el logo de Audioslave rodeado de frases de las canciones de Chris Cornell, además de tener varias hojas y pedazos de papel con cosas similares. Incluso el año pasado en mi lugar de trabajo tenía un papelito con ese dibujo y un fragmento de «Never far away».

Los excluidos

El sentimiento de no pertenencia, de inconformidad con el entorno propio, los sueños de grandeza, el sentirse (o saberse) mejor que muchos, en el aspecto que se quiera, es algo que todos recordamos de nuestros años de adolescencia. Y aunque alguno salen mejor librados que otros, y unos pocos más parecen nunca haber salido, cualquiera puede reconocerse en cierta medida cuando lee a uno de estos seres.

Son novelas como Los excluidos, de la austriaca Elfriede Jelinek, las que nos hacen volver a dar un vistazo a esos días, sobre todo cuando uno decide dejarse envolver en el particular estilo de esta escritora… pero más adelante iremos a ello, por ahora intentemos explicar un poco de qué va este libro.

Pues como lo anuncia el título, y como se puede inferir del párrafo divagatorio del inicio, cuenta la historia de cuatro adolescentes que precisamente han sido excluidos por la sociedad, sus familias, e incluso por ellos mismos, de prácticamente todo: desde el acceso a las oportunidades de desarrollo que otros sí tienen, hasta la plena aceptación de su sexualidad y de su papel como individuos.

Jelinek retrata a cuatro jóvenes que ante su sensación de pertenecer a ningún sitio y sentirse por encima del resto de los de sus clases (sí, en plural, luego entenderán porque) han decidido conformar un grupo que pretende ser una banda de delincuentes. Cada uno de ellos quiere serlo por diferentes razones, desde motivos poéticos hasta lo más elemental: la necesidad económica.

Estos chicos son los hermanos de clase media e hijos de un soldado nazi en retiro, Anna y Rainer (sí, sí por Rilke); la hija de una familia rica, Sophie, y el joven obrero e hijo de comunistas, Hans.

Pero ante todo, una advertencia, no esperen encontrar páginas salpicadas de sangre y sexo porque eso no va a pasar. Así como en la vida no todo es violencia y sexo, o sexo violento, tampoco tendría porque serlo en la literatura.

Sí, por estos puntos se conectan estos personajes pero como ya lo adelantábamos al inicio, es la historia de un grupo de personas que se sienten fuera del conjunto pero es también una crítica a la sociedad austriaca, que bien podría ser cualquier sociedad moderna, a los valores, a las injusticias sociales, a cómo los seres humanos podemos llegar a enfrentarnos a todo ello o quizás a tratar de evadirlo.

Así que, aunque se habla de sexo y violencia, al mismo tiempo hay muchas otras cosas que ocurren en el ambiente y mientras estamos presenciando algo de esto también vamos a ser testigos de los sentimientos de los personajes, de su evolución y hasta de su pasado.

Y es que Jelinek nos va presentando a sus protagonistas de a poco, conforme avanzan las páginas quienes las habitan toman cada vez más forma y se vuelven un poco más complejos, más “reales” y humanos. Por eso el juicio que uno se forma en las primeras páginas, no permanece y cuando se acerca el final del libro la empatía con sus seres también ha cambiado.

Hay algo que deben saber antes de que decidan empezar el libro: si son del tipo de lector que “se pierde” cuando las historias no son completamente lineales, lo siento mucho pero esto no es para ustedes porque aquí nada es lineal ni estático y mucho menos pasivo.

Aquí es cuando trato de explicar el estilo dela autora: con Jelinek uno no puede esperar que sus personajes, o ella misma, nos lo den todo. El lector debe estar dispuesto a ir ensamblando las piezas que nos vamos encontrando por el camino, debe también tener paciencia y estar dispuesto a ser confrontado con su realidad y, a veces, con él mismo.

Decía que tampoco puede verse como algo estático porque mientas leemos una charla de café y tratamos de entender lo que se dicen nuestros protagonistas, también se nos mete a un ambiente al que debemos estar atentos e incluso los pensamientos de los personajes, o del narrador, nos van a interrumpir.

Quizá lo más importante son las preguntas que nos plantea el texto, es decir, la parte critica. Jelinek no sólo crítica la estructura social y el papel asignado a la mujer en esa sociedad, sino que si estás dispuesto a ello te lleva a que cuestiones tu propia posición.

Pero a ver, ya sé que por lo del feminismo y la crítica social muchos ya nos están mandando al diablo a mí a Jelinek, pero tengan paciencia que les termino de contar esto.

Sí, su literatura es crítica y también feminista, por qué no decirlo, pero no son esas críticas sociales o ese feminismo obvio que a muchos nos parece insoportable y predecible. No, se trata de algo que simplemente se sugiere, se deja ahí como evidencia para que el lector cree su propia conclusión. Ni de la voz narrador ni de los personajes, van a leer obviedades a lo sumo nos plantearán problemas, preguntas, apreciaciones de la realidad.

Quizás es poco espacio para pretender explicar algo que sólo comprenderán, o no, si deciden leer Los excluidos, las advertencias ya están dadas ustedes sabrán elegir sabiamente.

Y bueno, la verdad es que también van a encontrar sexo y violencia, no en exceso pero lo hay… y es bueno.

Demasiada felicidad

Luego de que Alice Munro ganara el Nobel en 2013 y yo me enterara de su existencia, gracias a ello, muchísimas personas me hablaron de su genialidad y lo maravilloso que resultaba leerla. Ahora, gustosamente, puedo verificar que todos tenían razón y que leerla produce lo que su da título a su libro publicado en 2010: Demasiada felicidad.

Bueno, sí, quizá estoy exagerando un poco. Pero honestamente la lectura de sus cuentos es sumamente satisfactoria. En un par de páginas logra una descripción psicológica bastante completa de sus personajes y un planteamiento casi perfecto de las situaciones.

Los cuentos que aparecen en este volumen están protagonizados casi exclusivamente por mujeres (tranquilos, no voy a hablar de feminismo y la intención de Munro tampoco se percibe así).

Pese a que sus personajes tienen este rasgo común, cada una posee una voz propia y por ningún momento el lector siente que sean repetitivos o que sus conflictos sean los mismos.

Pero no sólo esto resulta agradable a la lectura, sino que en varios relatos existe un giro de tuerca que hace que todo lo que el lector pudiera haber previsto se derrumbe y aparezcan finales inesperados o facetas inesperadas de los protagonistas.

Demasiada felicidad, logra captar la atención de quien llegue a sus páginas desde el primer relato y resulta imposible no querer seguir leyendo más hasta que finalmente se llega a la última página.

 

Regalo atrasado

Lo que estoy escribiendo ahora fue pospuesto y borrado un par de veces aunque la intención era hacer de ello una suerte de regalo de cumpleaños porque soy pobre y cursi a más no poder.

Al final he decidido venir a contar algo que posiblemente ella no va a leer y si lo hace me va a hacer burla un buen rato. Pero me voy a arriesgar.

Si aún no te aburres de leer posiblemente en el primer párrafo creíste que esto sería una historia de amor pero no, es más bien la anécdota de cómo una cadena de casualidades me llevaron a encontrarme con una de las personas a las que les tengo más aprecio.

Aunque coincidimos en el mismo lugar hace unos 14 años, lo cierto es que llevábamos coincidiendo desde siempre y no, no es que hubiéramos estado en los mismos lugares sin saberlo. Lo que sucede es un poco más peculiar.

Aunque suene a lugar común, al inicio me parecía imposible tener cualquier trato con ella porque creía que era arrogante e insoportable (justo lo que muchos piensan de mí), pero con el tiempo mi percepción fue cambiando y gracias a que empezamos a convivir fue que notamos ese particular cúmulo de casualidades que llevaba, de algún modo, encontrándonos desde siempre.

Resulta que, entre conversaciones, descubrimos que a las dos nos venían pasando prácticamente las mismas cosas en cualquier ámbito imaginable, desde un accidente infantil en las mismas circunstancias, hasta detalles como el tiempo que nuestras madres tardaron en tener hijos o que ambas hubieran barajado la posibilidad de ponernos el mismo nombre y al final optaron por los que llevamos ahora.

En resumen, descubrimos que todo nos había pasado casi igual aunque no al mismo tiempo. A ella todo le pasó dos años después, simplemente porque son los que le llevo de ventaja.

Desde entonces las coincidencias se volvieron más evidentes y hasta la fecha no hace falta que nos veamos para que nos duela la cabeza, nos enfermemos, nos dé insomnio, ansiedad, sueño o dolores sin explicación para una de las dos, sólo porque a la otra le está pasando lo mismo. Incluso ha ocurrido que alguna se ha sentido preocupada sin motivo, sólo para descubrir después que era porque en ese momento la otra estaba en una situación difícil.

La verdad es que podría pasar horas ejemplificando esas casualidades que han terminado por parecernos divertidas y cada vez menos sorprendentes, aunque seguimos sin encontrar una explicación más o menos lógica para todo esto.

Bueno, la verdad es que hace tiempo ella me compartió información sobre una teoría física que podría explicar un poco la situación, aunque la hace ver como algo no sólo muy rebuscado, sino sumamente cursi.

Según lo que recuerdo, explica que una partícula que se divide, continuará teniendo el mismo comportamiento para ambas partes aunque ellas se integren a otra cosa, sin importar su lugar en el espacio o la distancia entre ellas.

Y bueno, 13 años han pasado desde que me di cuenta de que no era tan arrogante (al menos no más de lo que lo soy yo) y estoy segura que esa lealtad que se ha forjado siempre estará ahí sin importar lo que ocurra. Aunque, como en ocasiones pasadas, podamos discutir y distanciarnos, al final las coincidencias nos volverán a acercar.

Cómo me dijiste hace días, si nuestra amistad fuera una persona sería un niño de secundaria y honestamente espero volver a tener un ataque de cursilería cuando tenga la edad que nosotras cuando nos conocimos, o la que tenemos ahora (aunque ojalá no llegue a esa edad).

Ya para terminar, me acuerdo que hace tiempo te enseñé mi cuaderno de «poemas» baratos y te conté que una extraña casualidad había hecho que un par de personas me escribieran en esas hojas y tiempo después, invariablemente, toda relación con ellos había desaparecido. Tomaste el cuaderno y me dijiste: a ver, ahora vamos a romper esa maldición. Escribiste algo y me lo regresaste asegurando que no pasaría lo mismo contigo. Te odio por tener razón, pero qué bueno que la tuviste.

Ahora burlate de mí todo lo que quieras por ser tan ridícula.

Mi problema con la lectura

Siempre me ha chocado la pretensión de que uno lee para cumplir algún objetivo en concreto. Sobre todo cuando va acompañada de ideas que más que otra cosa son lugares comunes abominables como la tan extendida frase de jura que «leer te hace mejor persona».

Todo estaría bien si se quedaran en frases propagandísticas para promover programas de lectura con los que ciertos gobiernos quieren dar una imagen de preocupación por la educación o formación de sus ciudadanos o ideas publicitarias de ciertas librerías.

Pero lo que en verdad me desconcierta es que exista una masa que, en efecto, parece haber comprado estas ideas para enarbolarlas como lemas de vida y peor, para usarlas como herramienta de un ego sostenido en una afición que, considero, es tan mundana como cualquiera otra que pudiera tenerse.

A ver, que no estoy diciendo que desprecie la lectura, al contrario, pero sí desprecio a quienes pretenden sacar a relucir su supuesta afición a la menor provocación e incluso desdeñan a quienes no la comparten.

Y es que para mayor ironía, la mayoría de quienes comenten este pequeño exceso son lectores de materiales de poca o nula calidad, entonces la presunción se convierte en una chiste contra quien la ejerce, porque resulta absolutamente cómico que una asiduo lector de historias de Wattpad nos quiera vender la idea de que es intelectualmente superior a quien nunca ha leído por placer y prefiere ver la telenovela de las nueve.

Y tampoco estoy en contra de que la gente lea lo que le dé la gana, al fin y al cabo cada uno es dueño de su propio tiempo y tiene derecho de malgastarlo cómo mejor le parezca.

Pero sí me fastidia un poco que a estas alturas de la historia exista una horda que busque a toda costa ser validados como seres superiores sólo por ejercer una afición como miles de las que existen, y no estoy segura si es algo que ha surgido con las redes sociales o simplemente ellas vinieron a evidenciarlo.

Lo cierto es que para mí la lectura ha sido una actividad tan natural que jamás se me ocurrió pensar que fuera moral o intelectualmente superior por hacerlo a pesar de estar consciente de que en mi entorno no era algo muy común.

En mi caso la afición por la lectura surgió a raíz de convertirme en una niña asocial, cuando me surgió el miedo a relacionarme con el resto de los niños (sí, sí era una especie de miedo que tengo bien identificado, pero llevaría su tiempo explicarlo) empecé a buscar opciones que me evitaran meterme en problemas, y claro, la que estaba más a la mano era leer mis libros de texto en los ratos en mis maestras salían del salón a resolver misteriosos asuntos en los pasillos.

Luego de los libros de texto, siguieron los diccionarios, revistas, cómics y en casa (en la de mis abuelos, que era donde pasaba más tiempo), enciclopedias y libros que encontraba de mis primos mayores.

Sé que suena aburridísimo y precisamente por eso nunca pensé que fuera algo «especial» y lo creí menos cuando el tiempo me fue encontrando con personas que compartían más intereses conmigo y descubrí que había más gente tan aburrida como yo, muchos más de los que pensaba. Así confirmé que eso que me gustaba tanto hacer no era ningún talento divino ni mucho menos.

Es por eso que ahora me parece tan increíble que ningunas de estas personas hayan podido llegar a la misma conclusión y, por el contrario, sientan que son parte de una élite tocada por un milagro.

Pero qué sé yo, de cualquier manera es bueno que la gente lea, corra, pinté, coleccione estampitas o haga cualquier cosa que le haga feliz.

Mientras tanto yo seguiré intentando no divagar tanto cuando escribo, que luego me propongo hacer reseñas y acabo escribiendo del día en que conocí el hielo… quedará para otra vez esa reseña.

 

 

 

Suspiria… el maldito remake

Si nunca hubiera visto la película de Argento o le hubieran puesto otro nombre quizá mi impresión de Suspiria, en la versión de Luca Guadagnino, sería bastante diferente a la que tengo ahora mismo.

No voy a decir que es una mala película porque estaría mintiendo; sin embargo, me parece que «el problema» es que pretende rellenar ciertas cosas que quizá el director consideró como huecos, pero que desde mi punto de vista no eran más que parte del suspenso que rodeaba a la academia de danza y la mismísima Helena Markos.

Puntos como el misterioso diario de Patricia o los rituales que jamás se veían en la cinta de Argento, tienen un protagonismo que jamás se les dio en 1977, en aquella ocasión uno sabía que ciertos rituales se llevaban a cabo en habitaciones secretas de la academia, habitaciones que apenas vimos. Respecto al diario, nunca sale en pantalla porque se explica que desapareció misteriosamente y entonces Patricia tampoco nos pudo contar nada de lo que había descubierto.

Precisamente en esas cosas no dichas y nunca mostradas es donde, desde mi punto de vista, se sostenía el suspenso en el filme de Argento. Una de las cosas que mantenían pendiente al espectador era saber si en algún punto se le vería la cara a Helena Markos, presenciaríamos un atisbo de los misteriosos conjuros, o en efecto Patricia había enloquecido.

Guadagnino centra toda la película en el efectismo visual, sabemos que las coreografías creadas por el personaje de Tilda Swinto (cuya actuación es muy buena, por cierto) son en realidad elaborados rituales en los que las alumnas participan de manera, más o menos, involuntaria; leemos partes del famoso diario pero también somos testigos de muertes muy gráficas y escenas llenas, literalmente, de sangre.

Las coreografías son espectaculares y los montajes de esas muertes son muy buenos, pero la pregunta que no me dejaba tranquila era si de verdad hacía falta tanto para contar la historia de las tres madres que creó Argento.

Podría entender que me digan, que el público ya no se comporta como en los 70 o la censura permite y a veces exige ser más gráfico en la actualidad, y posiblemente esté dispuesta a conceder razón en ese punto, pero considero que esa historia estaba hecha precisamente para ser contada muy a pesar de esa censura.

Pero no es todo esto lo que me parece disonante en la película, podría haberlo perdonado y ahora mismo estar diciendo que me había parecido un buen remake.

Lo que no termina de gustarme es el afán, que parece ser general en el cine de este tiempo, de montar todas las historias en un escenario político complicado y estar haciendo referencia constante a él sin que este incida en lo más mínimo sobre la trama principal.

Y Guadagnino parece pretender que ese decorado no esté tan de adorno con la relevancia que le da al Doctor Kemplerer, pero al final resulta que también ese personaje estaba un poquito demás y si no veíamos media hora de su subtrama no lo habríamos echado en falta ni por un minuto, como tampoco habríamos extrañado que hablaran de la Badeer Meinhof.

Otro punto que sí eche de menos, y esto quizá es mera nostalgia, es que Argento había planteado a una Sussie acosada por un enigma que descubre apenas llegar a la academia: la localización del pasaje que da acceso a los cuartos ocultos y con ello a la de Markos. La constante presencia de un par de palabras aportaba aún un punto más de suspenso que no era resuelto hasta casi el final.

Todas esas cosas que en su primera versión mantenían la intriga en lo más alto, en esta ocasión nunca existieron y fueron sustituidas por un exceso de elementos que lejos de contribuir a ese clima terminan por diluirlo.

En fin, yo prefiero quedarme con la trilogía original de las madres, esa que se inventó Argento en los 70 y donde la magía estaba más allá de la pantalla, donde nunca tuve que ver como en un ritual vudú hacían pedazos a una chica para temer que Sussie cayera en manos de la terrible Helena Markos, de quien supimos apenas muy poco.

 

Malas ideas y peores celebraciones

Siempre me he rehusado a celebrar, de cualquier manera, el bendito Día del Amor y la Amistad. Y es que no concibo que uno deba calendarizar sus afectos y esperar un día en particular para demostrar lo poco o mucho que se puede sentir por los otros.

Esa es una de la cosas por las que me he ganado a pulso la fama de amargada, pero simplemente es algo que no va conmigo y a lo largo del tiempo mis parejas han aprendido que no deben esperar que yo sugiera un plan «especial» o les regale nada por la dichosa fecha (ahora que lo pienso, hasta han de haber agradecido esa pequeña ventaja para sus carteras).

En fin,  es por eso que hasta la fecha sólo he celebrado, de manera voluntaria, dos San Valentín. El primero fue en preparatoria con mi grupo de amigas y la verdad es que no hay mayor anécdota que un montón de adolescentes saliendo por ahí e intercambiando regalitos para celebrar su amistad que, ingenuamente, juraban sería vitalicia.

Sin embargo el segundo sí tiene más tela… habrá sido hace tres años cuando estaba en la última fase de la relación más larga y destructiva que he podido tener.

A decir verdad, las cosas con quien he decidido llamar El error de mi vida no iban nada bien y yo estaba intentando encontrar la lucidez, la fuerza, o yo qué sé, que me permitiera ponerle fin a la situación que cada vez me era más inaguantable.

Así, se me ocurrió la idea de «poner a prueba» algunas dudas que tenía respecto a la famosa relación y al supuesto amor del personaje en cuestión y como llegué a tan brillante conclusión una semana antes del bendito 14 de febrero vi ahí la oportunidad perfecta.

La fecha caía en domingo, así que no debería haber muchos pretextos por horarios laborales o cosa parecida… y realmente no los hubo, acordamos vernos antes de que él entrara a trabajar (trabajaba de noche y entraba a las 7 de la tarde) para ir a comer. Después yo pasaría a dejarlo a su empleo antes de volver a mi casa.

Como la mayoría de los mortales, mis días de cobro eran, religiosamente, los 15 y el último día del mes. Así que para ese día mi presupuesto eran 50 pesos en efectivo y la esperanza de que me depositaran otros 50 a una tarjeta.

Fui a su casa a la hora acordada y desde que me vio llegar salió de mala gana y quejándose porque estaba resfriado y «por mi culpa» había tenido que salir de la cama. Insistí en que se quedara a descansar y yo volvería a casa sin ningún problema… pero ya estaba en plan aquí-se-hace-lo-que-diga-o-nada y nos fuimos, de mal modo, a un restaurante chino que estaba cerca de ahí.

Por el camino pregunté si tenía algo de dinero encima y respondió que no llevaba más que lo justo para el pasaje porque yo lo había invitado. Así que recé para que estuvieran los benditos 50 pesos en la tarjeta y pudiera comprar cualquier cosa (que sí, ya sé que estaba yo muy mal, pero la situación que viví ahí merece varias entradas para poder explicar porqué no pensaba muy bien entonces).

De camino le pedí detenernos en un cajero. Obviamente no había dinero en la tarjeta. Salí, le dije que mi presupuesto eran 50 pesos y que no creía que nos alcanzara para mucho. Entonces, el tipo montó la escena dramática más ridícula e inverosímil de la historia.

Empezó a gritarme en medio de la calle, reprochándome no haberle dejado dormir y encima ni siquiera tener dinero para llevarlo a comer, entre muchas cosas que preferí omitir de mis recuerdos y de esta anécdota. Empezó a caminar hecho una furia, sin soltarme la mano ni dejar de quejarse de lo terrible persona y peor novia que era.

Cuando llegamos a una avenida me dijo que él se iba para el trabajo en ese momento, porque prefería trabajar extra que estar conmigo y que yo podía largarme a mi casa o a donde quisiera.

Entonces, Eréndira en su infinita estúpidez tuvo la idea más brillante del siglo: se me ocurrió sacar un chocolate que una de mis tías me había regalado más temprano por la fecha y decirle que me disculpara por haber querido salir estando él enfermo (cosa que no supe hasta que llegué al lugar), pero que al menos aceptara el único regalo que había podido darle.

Pues resultó mil veces peor, porque con todas las grosería que conoce se quejó de que sólo le regalara un chocolate y me acusó de estarme burlando de él por haberlo invitado a salir sin dinero y no poder darle otro regalo que un simple chocolate.

Estuvimos peleando un largo rato más, hasta que cada quien se fue por su lado y yo llegué a la misma conclusión a la que posiblemente llegará cualquiera que lea hasta este punto: el tipo era un perfecto imbécil y yo otro poco por estar con él.

Así terminó el muy mal Día de San Valentín que pasé con El error de mi vida. Aunque infelizmente no fue el fin de mis días con él porque la maldita violencia psicológica no es fácil de romper.

¿Por qué expongo mi tontería en un lugar donde potencialmente lo pueden leer más de tres personas? Bueno, pues ni yo lo sé bien, lo único que tengo claro es que es un tema que está muy atrás y ya no me importa reconocer la realidad en la viví ni los juicios que pudieran hacerse sobre mí o mis actos.

(A propósito, ese día es tan malo que ni siquiera me sirvió para ganar un libro en una especie de competencia donde se premiaría a quien relatara su peor 14 de febrero).

 

 

 

 

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