Lo siguiente no es una anécdota ficcionada, aunque pudiera parecerlo. Es verdad que hasta el día de hoy sólo se lo había contado exactamente a tres personas fuera de mi entorno familiar y no por falta de oportunidades, sino porque estoy consciente de lo raro e inverosímil que podría parecer.
No estaba muy convencida de venir a vertirlo aquí, pero una casualidad me llevó a pensar que era lo correcto. Había barajado la idea de contarlo y dejar que mi locura se hiciera de conocimiento público, pero al final no me decidía. Hasta que un par de días atrás encontré una entrevista con el autor del libro que protagoniza este recuerdo y cierta persona (tú sabes quien eres) lo mencionó por encima. Esa fue la señal para exponerlo ante las dos personas que me leen.
A través de los años he acumulado muchas anécdotas ligadas a dos de las cosas que más disfruto en la vida: la música y la literatura. Y no es un asunto de presunción sobre mi supuesto grado de cultura, sino que resulta inevitable no asociar ciertos momentos con cosas que me son tan cotidianas. Quizá es por eso que ciertos recuerdos llevan de fondo una canción especifica o entre ellos se cuela la pasta de algún libro.
Ya puestos a hablar demás, podría confesar que he llegado al ridículo extremo de asociar poemas y hasta libros completos con personas que fueron significativas… la verdad es que es un mal hábito, porque luego de ciertas rupturas he necesitado tomar distancia de ciertos títulos o autores como parte de un duelo.
Pero eso podría llevarme otra noche completa para contarlo. Lo que hoy me hizo ponerme frente a la pantalla fue uno de esos episodios ligados a mi manía por leer que terminó por convertirse en un hecho bastante extraño que hasta este día no he logrado descifrar.
Según mi recuerdo, un día llegué de trabajar dispuesta a hacer tarea o revisar algo irrelevante en la computadora (lo más posible es que fuera lo último porque era viernes), cuando vi un libro que no era mío en mi escritorio y empecé a revisarlo como uno hace con esos objetos. El autor me sonaba por un comentario que me habían hecho semanas antes por lo que me pareció buena idea aprovechar la ocasión y leerlo.
Me levanté de la computadora y pregunté: ¿quién trajo esto? Mi hermana, que en ese entonces iba en preparatoria, me dijo que era de una amiga suya que había ido de visita ese día y que el siguiente lunes lo devolvería, así que si quería leerlo disponía del fin de semana. Dada la extensión del libro, me pareció tiempo suficiente y a eso dedique un par de horas de los dos días siguientes. No me odien por lo que voy a decir, pero el bendito libro en ese momento me pareció interesante (paciencia, ya casi les digo cuál era).
De acuerdo con lo prometido, el libro ya no estaba el lunes por la noche que volví de mi rutina de escuela-trabajo y no se volvió a hablar de él en esa casa. Hasta que al año siguiente un amigo iba a cumplir años y había publicado que le interesaba leer al mismo autor.
Entonces, le comenté a mi hermana: el día de su cumpleaños le voy a regalar el libro ese que olvidó tu amiga hace tiempo. Luego de supuestamente recordarle el episodio me miró con cara de desconcierto para terminar diciendo: estás loca, nuca dejó ningún libro, es más, ella ni lee.
Pensé que seguramente lo había olvidado y le pedí que me acompañara a comprarlo. Llegando a la librería fui directo a buscarlo y se lo enseñé pretendiendo que recordara pero insistió en que eso nunca había ocurrido, que ella ni siquiera sabía que existiera el libro y mucho menos el autor. Al punto en que me hizo dudar de que estuviera confundiendo la realidad con un sueño o algo parecido y ese día, para constatar, terminé comprando dos ejemplares.
Todavía dudando de si se trataba de un olvido o una broma de su parte, fui con mi hermano a contarle todo y preguntarle si recordaba haber visto el libro en casa. Pero también dijo que nunca lo vio, que no tenía el recuerdo de que yo hubiera preguntado nada y mucho menos de haberme visto leyéndolo.
Para entonces yo creía que era una especie de contubernio para reírse de mí y lo deje correr. Hasta que llegó el cumpleaños del amigo y estando en su celebración mi hermano escuchó cómo le recomendaba el libro, por lo que me dijo riéndose: no seas mentirosa, tú ni lo has leído.
Como ya no sabía si se burlaban de mí o de verdad estaba empezando a perder conexión con la realidad me di a la tarea de leerlo (otra o por primera vez, da igual) y sí, la estructura, los personajes e incluso las líneas eran las mismas que recordaba, bueno, tenía párrafos enteros en la memoria. Así que decidí que sí, que sencillamente los personajes con los que comparto el código genético me estaban jugando una broma.
Dejé que pasara el tiempo y olvidaran su chistecito. Años después volvió a salir el tema y sin que yo preguntara mi hermano dijo: ah, sí, el libro que juras haber leído dos veces pero que nunca nadie vio en la casa. Han pasado muchos años y nadie en mi casa recuerda que yo haya preguntado de quién era el libro y mucho menos haberme visto leyendo ávidamente After Dark, de Haruki Murakami, sino hasta después de haberlo comprado.
Yo ya les he hecho jurar, pero insisten en que nunca fue una broma y afirman, con bastante razón, que luego de tanto tiempo habría dejado de ser divertido. Mi hermana jura que la chica a la que le atribuí su posesión nunca gustó de leer y que jamás habría sido capaz de cargar un libro en la mochila.
Así que supongo que mis días terminarán sin que sepa cómo diablos llegó el libro a mis manos la primera ocasión o si, en efecto, alguna vez llegó por otra vía que no hubiera sido mi compra.







