Relecturas… ¿o no?

Lo siguiente no es una anécdota ficcionada, aunque pudiera parecerlo. Es verdad que hasta el día de hoy sólo se lo había contado exactamente a tres personas fuera de mi entorno familiar y no por falta de oportunidades, sino porque estoy consciente de lo raro e inverosímil que podría parecer.

No estaba muy convencida de venir a vertirlo aquí, pero una casualidad me llevó a pensar que era lo correcto. Había barajado la idea de contarlo y dejar que mi locura se hiciera de conocimiento público, pero al final no me decidía. Hasta que un par de días atrás encontré una entrevista con el autor del libro que protagoniza este recuerdo y cierta persona (tú sabes quien eres) lo mencionó por encima. Esa fue la señal para exponerlo ante las dos personas que me leen.

A través de los años he acumulado muchas anécdotas ligadas a dos de las cosas que más disfruto en la vida: la música y la literatura. Y no es un asunto de presunción sobre mi supuesto grado de cultura, sino que resulta inevitable no asociar ciertos momentos con cosas que me son tan cotidianas. Quizá es por eso que ciertos recuerdos llevan de fondo una canción especifica o entre ellos se cuela la pasta de algún libro.

Ya puestos a hablar demás, podría confesar que he llegado al ridículo extremo de asociar poemas y hasta libros completos con personas que fueron significativas… la verdad es que es un mal hábito, porque luego de ciertas rupturas he necesitado tomar distancia de ciertos títulos o autores como parte de un duelo.

Pero eso podría llevarme otra noche completa para contarlo. Lo que hoy me hizo ponerme frente a la pantalla fue uno de esos episodios ligados a mi manía por leer que terminó por convertirse en un hecho bastante extraño que hasta este día no he logrado descifrar.

Según mi recuerdo, un día llegué de trabajar dispuesta a hacer tarea o revisar algo irrelevante en la computadora (lo más posible es que fuera lo último porque era viernes), cuando vi un libro que no era mío en mi escritorio y empecé a revisarlo como uno hace con esos objetos. El autor me sonaba por un comentario que me habían hecho semanas antes por lo que me pareció buena idea aprovechar la ocasión y leerlo.

Me levanté de la computadora y pregunté: ¿quién trajo esto? Mi hermana, que en ese entonces iba en preparatoria, me dijo que era de una amiga suya que había ido de visita ese día y que el siguiente lunes lo devolvería, así que si quería leerlo disponía del fin de semana. Dada la extensión del libro, me pareció tiempo suficiente y a eso dedique un par de horas de los dos días siguientes. No me odien por lo que voy a decir, pero el bendito libro en ese momento me pareció interesante (paciencia, ya casi les digo cuál era).

De acuerdo con lo prometido, el libro ya no estaba el lunes por la noche que volví de mi rutina de escuela-trabajo y no se volvió a hablar de él en esa casa. Hasta que al año siguiente un amigo iba a cumplir años y había publicado que le interesaba leer al mismo autor.

Entonces, le comenté a mi hermana: el día de su cumpleaños le voy a regalar el libro ese que olvidó tu amiga hace tiempo. Luego de supuestamente recordarle el episodio me miró con cara de desconcierto para terminar diciendo: estás loca, nuca dejó ningún libro, es más, ella ni lee.

Pensé que seguramente lo había olvidado y le pedí que me acompañara a comprarlo. Llegando a la librería fui directo a buscarlo y se lo enseñé pretendiendo que recordara pero insistió en que eso nunca había ocurrido, que ella ni siquiera sabía que existiera el libro y mucho menos el autor. Al punto en que me hizo dudar de que estuviera confundiendo la realidad con un sueño o algo parecido y ese día, para constatar, terminé comprando dos ejemplares.

Todavía dudando de si se trataba de un olvido o una broma de su parte, fui con mi hermano a contarle todo y preguntarle si recordaba haber visto el libro en casa. Pero también dijo que nunca lo vio, que no tenía el recuerdo de que yo hubiera preguntado nada y mucho menos de haberme visto leyéndolo.

Para entonces yo creía que era una especie de contubernio para reírse de mí y lo deje correr. Hasta que llegó el cumpleaños del amigo y estando en su celebración mi hermano escuchó cómo le recomendaba el libro, por lo que me dijo riéndose: no seas mentirosa, tú ni lo has leído.

Como ya no sabía si se burlaban de mí o de verdad estaba empezando a perder conexión con la realidad me di a la tarea de leerlo (otra o por primera vez, da igual) y sí, la estructura, los personajes e incluso las líneas eran las mismas que recordaba, bueno, tenía párrafos enteros en la memoria. Así que decidí que sí, que sencillamente los personajes con los que comparto el código genético me estaban jugando una broma.

Dejé que pasara el tiempo y olvidaran su chistecito. Años después volvió a salir el tema y sin que yo preguntara mi hermano dijo: ah, sí, el libro que juras haber leído dos veces pero que nunca nadie vio en la casa. Han pasado muchos años y nadie en mi casa recuerda que yo haya preguntado de quién era el libro y mucho menos haberme visto leyendo ávidamente After Dark, de Haruki Murakami, sino hasta después de haberlo comprado.

Yo ya les he hecho jurar, pero insisten en que nunca fue una broma y afirman, con bastante razón, que luego de tanto tiempo habría dejado de ser divertido. Mi hermana jura que la chica a la que le atribuí su posesión nunca gustó de leer y que jamás habría sido capaz de cargar un libro en la mochila.

Así que supongo que mis días terminarán sin que sepa cómo diablos llegó el libro a mis manos la primera ocasión o si, en efecto, alguna vez llegó por otra vía que no hubiera sido mi compra.

 

 

 

 

 

Ausencia presente

La verdad es que mi apego a “la realidad” ha sido más bien poco desde que tengo memoria. A cada momento busco cosas que difuminen ciertos momentos del presente, sobre todo cuando la cotidianidad se hace aburrida. Si bien a veces no es un acto voluntario, lo cierto es que, gracias a mi imaginación (a veces excesiva) o mi casi obsesión con la lectura (salida de sólo-Dios-sabe-dónde) pocas veces estoy al cien por ciento en el instante.

Yo sé que esto en sí mismo no constituye ninguna particularidad porque seguro hay miles de personas igual o más ausentes que yo. Pero hay un día de mi vida que hasta hoy sigue en mi mente, en el que esta suerte de ausencia presente se manifestó de un modo sumamente peculiar y que hasta el momento ha permanecido sin algún tipo de explicación.

Tendría unos seis o siete años cuando mucho, aunque muy probablemente eran menos, cuando salí a acompañar a mi madre a hacer las compras para ese día. Por entonces ese tipo de actividades me resultaban sumamente aburridas, sobre todo cuando uno terminaba dando varias vueltas entre los puestos a causa de olvidos o compras de último momento.

La familia de mi madre llegó a la colonia cuando recién empezaba a crecer, por lo que prácticamente todos los comerciantes nos conocían a todos y a mi lado asocial (yo podría apostar que nací asocial) le exasperaba profundamente tener que detenerse en cada puesto a escuchar el típico intercambio de novedades, que casi nunca hacían honor al nombre, y contestar 20 veces a las mismas preguntas dirigidas a mí: ¿cómo estás?, ¿te portas bien con tu mamá?, ¿no das mucha lata?, y un etcétera más bien reducido.

En medio de todo mi aburrimiento, llegamos a donde se me prometió, por tercera vez, que haríamos la última compra del día. El destino final era una las clásicas cremerías de mercado, con exhibidores y un refrigerador largo con cristales que también hacen de mostrador, donde mi aburrición consideró buena idea recargar la cabeza mientras mi madre compraba y platicaba con la vendedora.

Permanecí pegada al cristal un par de minutos, mientas escuchaba cómo arriba de mí las dos mujeres intercambiaban frases. Seguramente yo pensaba en un final alterno para algún episodio de las caricaturas que solía ver o imaginaba sus posibles continuaciones o yo que sé, pero de pronto dejé de prestar atención a la plática de las adultas hasta que percibí sólo silencio. Entonces levanté la vista, suponiendo que la transacción había finalizado y lo siguiente sería irnos a casa, cuando para mi sorpresa noté que no había nadie parado a lado mío.

Yo estaba segura de haber visto de reojo a mi madre todo el rato y de pronto, sin más, se había ido. Lo primero que pensé fue que seguramente me había llamado pero mi distracción me impidió oír, entonces volteé en todas las direcciones, pero no logré verla. Así que decidí emprender la marcha por el sitio que usualmente caminábamos para volver, pero tampoco se veía que estuviera cerca. Me asomé a la calle y no la vi en ninguna dirección.

Así que hice lo que cualquier niño pequeño en sus cabales haría: me puse a correr por todo el mercado buscando a mi madre y preguntando a algunos de los comerciantes si alguien había visto a esa señora. Algunos de ellos me ofrecían esperar en sus puestos para que no corriera peligro saliendo a la calle o deambulando ahí mismo, bajo la lógica de que ella también estaría buscándome y tarde o temprano pasaría por ahí.

Creo que alguien incluso me ofreció llevarme a casa de mis abuelos y esperarla ahí mientras dejaban dicho que si se presentaba la enviaran allá… pero desde pequeña era paranoica y no me parecían ofertas sensatas y decidí seguir corriendo por ahí. Lo que nunca se me ocurrió fue caminar directo a casa de mis abuelos, que está a dos cuadras del mercado, y ver si quizá había vuelto para allá o tal vez una de mis tías supiera qué hacer.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando vi aparecer a mi madre entre los pasillos, acompañada de mi tía, con expresión de histeria y lágrimas en los ojos, ambas, preguntándome en dónde diablos me había yo metido y qué estaba pensando cuando me alejé del puesto. Por supuesto lo primero que pensé fue: ¿pero qué le pasa?, si ella me dejó botada ahí, yo jamás me moví. Y le dije esto último, que todo el tiempo estuve pegada al cristal y de pronto al dar la vuelta no la había visto más… creo que jamás me creyó.

En su versión de la historia, después de pagar miró hacia abajo para decirme que nos fuéramos, pero no me vio ahí. Entonces, luego del vacío en el estómago que causa la angustia, comenzó a preguntar si alguien había visto hacía donde había caminado, pero todo mundo le decía que no me había visto. También ella entró en pánico y buscó entre los pasillos, en la calle y al final corrió a casa de los abuelos, desde donde una de mis tías regresó con ella para buscarme.

Nunca sabremos qué pasó y a veces me intriga no entender ese momento de ausencia de la que jamás fui consciente. Y ahora que lo he escrito me suena todo aún más incompresible y extraño. No pretendo decir que fue causa de algo paranormal o nada parecido, pero sí es un capítulo de mi vida para el que posiblemente nunca tenga una explicación.

(Des)propósito

Nunca he sentido especial entusiasmo por las llamadas fiestas decembrinas, hay algo en ellas que no me parece del todo creíble. No digo que no exista quien de verdad crea que son tiempos para reconciliar, vivir en paz o lo que sea. El problema es que ese ánimo pacífico se les olvida luego del 1 de enero.

Y quizá lo que más conflicto me causa es esa creencia generalizada de que el inicio de un nuevo periodo en el calendario significa una renovación en el universo mismo y por arte de magia esas vibraciones cósmicas en las que creen pueden tomar rumbos distintos ya sea en contra de sus deseos o, preferiblemente, a favor.

Nunca he comprendido esa necesidad de renovar “propósitos” cada 12 meses, como si vivieran en una competencia con sus semejantes y consigo mismos.

Pero lo que realmente me parece un poco ilógico es tener que esperar al 31 de diciembre para analizar lo que va bien o no en la vida de uno y buscar ejercer cambios a partir de ello.

Que sí, que está muy bien querer cambiar, tener metas y buscar o dar los perdones que hagan falta para seguir adelante un poco más en paz, ¿pero es muy necesario que todo eso se haga forzosamente el último día de diciembre o el primero de enero?

Me preocupa un poco pensar que hay gente por la vida que de repente, digamos en marzo, se da cuenta que está siendo un terrible amigo, novio, esposo, hijo o lo que sea y piense: pues, ni modo, ahora que haga mis propósitos para el siguiente año el primero será ser mejor persona. En lugar de hacer un alto en ese momento y empezar a cambiar su conducta a partir de ahí.

No sé, quizá yo sólo soy muy fatalista, demasiado antisocial o lo veo de un modo excesivamente literal.

De cualquier modo, yo seguiré sin hacer propósitos cada año y buscaré las oportunidades de cambio, las posibilidades de reconciliación y demás cada vez que se presenten o sea oportuno salir por ellas.

 

 

Lecturas favoritas de 2018

Honestamente nunca he sido muy fan de los famosos tops de fin de año, hay algo en ellos que no me inspira mucha confianza y no sabría decir qué es precisamente.

A pesar de eso, aquí me tienen haciendo el mío. No sin antes aclarar que no pretendo más que enlistar mis lecturas favoritas de estos 12 meses. Si a alguien le sirve como recomendación, punto de comparación o lo que sea, adelante.

Algo más, si bien cualquier ejercicio de este tipo es absolutamente subjetivo, trataré de que sea un poco menos ordenando los títulos únicamente de acuerdo con el orden en que los leí.

excluidos

  1. Los excluidos, Elfriede Jelinek

Jelinek aborda la vida de cuatro adolescentes de distintas posiciones sociales que juntos descubren no sólo lo que implica convertirse en adulto, sino cómo esas divisiones sociales han marcado, sin que ellos se den cuenta, ese futuro que tanto ambicionan. Aunque lo he simplificado bastante, este libro no es tan sencillo. Es impresionante la cantidad de “quejas” que se encuentran de él en la red, la mayoría van sobre el exceso de monólogos internos de los personajes o de la propia narradora. Así que, si eso no va con ustedes, deberían considerar seriamente su lectura.

aira

  1. Cómo me hice monja, César Aira

Un incidente peculiar cambia completamente la vida del personaje principal de esta novela y su visión sobre ella en general. La narrativa de Aira es sencilla pero no por ello simple. Una de las cosas que me sorprendió gratamente es que aparenta usar lugares comunes que al final terminan por no serlo. Me explico, utiliza una frase de la que el lector cree anticipar perfectamente el final, pero justo cuando viene eso tan previsible termina de un modo completamente inesperado. Esa característica le da un toque de frescura y hasta de humor.

satanas

  1. El diario de Satanás, Leonid Andreiev

Aquellos que no conozcan el nombre de autor quizá puedan despistarse y creer que se trata de un relato de terror o las correrías malignas del ángel caído. Sin embargo, Andreiev se vale de este personaje para explorar emociones humanas como el amor, ambición o el deseo de trascendencia. No se trata de un demonio que se concentra en destruir al ser humano o enfrascado en una batalla con Dios, sino de uno que se humaniza al grado de casi olvidar quien es y no saber si desprecia o envidia al hombre por poder experimentar emociones tan complejas.

hora

  1. La Hora de la Estrella, Clarice Lispector

Es una novela corta con un personaje bastante común y con problemas que en sí mismos no son más complejos que los de cualquiera de nosotros. Pero en medio de la narración de esta vida tan simple, aparece la autora o mejor dicho el autor de esta ficción constantemente preguntándose por el camino que debería seguir su personaje. Al final resulta una suerte de reflexión, bastante interesante, sobre lo que son la vida y la muerte.

nieve

  1. País de nieve, Yasunari Kawabata

Kawabata narra la compleja relación amorosa que surge entre un hombre y dos geishas y su imposibilidad por aceptar el vínculo que se desarrolla entre ellos. La obra de Kawabata tiene la particularidad de no ser muy prolífica en cuando a la acción; sin embargo, los actos de sus personajes, aunque suelen ser sutiles también dicen más de lo que aparentan. Sin duda ese y su capacidad para describir los entornos son dos de las características que hacen bella su narrativa.

Se supone que deberían ser sólo cinco, pero como algo inexplicable me obliga a estar en contra de los conteos en múltiplos de cinco me he permitido agregar tres títulos más a manera de “bonus”, mención honorifica o cómo prefieran decirle.

rashomon

  1. Rashomon y otros cuentos, Ryunosuke Akutagawa

Es una compilación de cuentos bastante interesante que hace honor a las tradiciones japonesas y sus costumbres. Creo que sería ideal para quienes quieren empezar a leer a autores de esa nacionalidad porque a pesar de hacer alusión a elementos muy específicos resulta algo sencillo de leer y el hecho de que sean cuentos permite que quienes estén un poco alejados de esa cultura puedan digerir de manera más sencilla los temas propuestos por el autor.

isla

  1. La isla de los hombres solos, José León Sánchez

Un testimonio crudo sobre la vida en uno de los penales más celebres de Costa Rica que explora las consecuencias y los cambios que se ve obligado a experimentar quien es privado de la libertad ya sea por crímenes que cometió o no. El propio autor estuvo preso muchos años y fue gracias a su trabajo como escritor que logró su libertad. Aunque es de suponerse que muchos de los eventos narrados tienen tintes autobiográficos, él mismo negó haber vivido ciertas experiencias.

borbolla

  1. Ucronías, Óscar de la Borbolla

Es una compilación de sus trabajos como columnista en Excélsior, donde desarrolló una combinación entre la nota informativa y el cuento. El mismo autor ha contado que algunos de estos textos llegaron a causar conmoción entre los lectores que los tomaron por verídicos. Leer a de la Borbolla siempre resulta sumamente refrescante por su particular sentido del humor que aunque te lleva a la reflexión causa que termines riéndote un poco de la situación del país y hasta de ti mismo.

Carta abierta a los que no están

Esta es una de esas cosas que no tiene mayor interés, salvo para las partes involucradas y es posible que para la otra mitad tampoco sea más relevante que un anuncio oído al descuido en la radio o un folleto publicitario recibido por la calle que será desechado en la primera oportunidad.

La verdad es que lo ideal habría sido escribir un par de palabras a todas las personas a las que pretenderé dirigirme aquí, pero en vista de las circunstancias actuales creo que no es prudente intentar ningún tipo de acercamiento.

Si ahora estoy escribiendo esto mientras pretendo que ustedes lo leerán en algún momento es porque siento que aquellos canales de comunicación que nos eran sumamente habituales ahora mismo ya no son parte de un código en común, es más parece que esos códigos ahora no existen más. En pocas palabras, creo que sería inútil escribirles de manera personal porque presiento que cualquier cosa que diga será ignorada.

Lo cierto es que, por algún extraño motivo que ni yo misma logró explicarme, en las últimas semanas he sentido la necesidad de hacer eso que la gente conoce como “cerrar ciclos”. Es decir, aclarar temas pendientes, disculparme, perdonar y decir adiós. Debe ser la edad, la depresión o una combinación de ambas.

Han sido, cada cual a su modo, muy importantes en diferentes momentos y siempre agradeceré el cumulo de casualidades que me llevaron a encontrarme con ustedes y las muchas cosas que, quizá sin darse cuenta, hicieron por mí o me ayudaron a realizar. Algunas las saben y otras simplemente he preferido guardarlas para mí.

Por eso, a pesar de todo lo que exista en medio, siempre agradeceré que hayan hecho acto de presencia aquí, en una historia tan sinsentido como la mía.

Pero no me malinterpreten, si ahora suena a que les estoy diciendo adiós no es porque de pronto haya decidido que no les quiero más en mi vida, sucede que siento que eso no depende más de mí. En su momento quise entender qué había motivado su distancia, su indiferencia o su desprecio y a pesar de haber preguntado, las respuestas siempre fueron evasivas y luego, gradualmente, simplemente dejaron de existir.

Sin embargo, eso no hizo que mi aprecio por ustedes menguara y me mantuve ahí, esperando que en algún momento las cosas dejaran de ser tan tensas y me permitieran seguir conservando su presencia. Por motivos que desconozco eso no pasó y más bien sentí que yo estaba forzando el poco contacto que existía, así que decidí respetar su distancia.

Con el paso de los días, semanas o meses me di cuenta de que, en efecto, el contacto parco que mantuvimos al final fue resultado de mi insistencia, que entiendo pudo resultar molesta o hasta invasiva y por ello me disculpo. Y es que mi intención jamás fue incomodar a nadie fue simplemente que, al haberles considerado importantes, quizá me rehusaba un poco a que se alejaran y, sobre todo, sin que yo hubiera alcanzado a comprender qué había sucedido o si llegué a hacer algo para provocarlo.

La verdad es que he entendido que no tengo porque tener todas las respuestas, que no todo tiene una explicación y, sobre todo, que las personas nunca van a reaccionar, ni de lejos, como uno piensa.

Es por lo que dejé de buscar hacer conversación luego de notar que cada vez que lo intentaba no era correspondida, de llamadas que resultaban en tonos de ocupado, mensajes en visto o simplemente sin abrir, durante horas o días.

Podría decirles muchas más cosas, pero sería inevitable personalizar y no me he propuesto hacer algo semejante. Sólo reitero mi agradecimiento por lo que aportaron a mi vida y mis deseos de que continúen siendo lo que son ahora, que el camino que transitan pronto les ponga delante personas que les dejen tanto como ustedes a mí. Gracias infinitas por su tiempo.

(No se entienda esto como un llamado para que se pongan en contacto conmigo, pero tampoco como lo opuesto…)

Roma: muy bonita y todo, pero…

Si tuviera que definir Roma en dos palabras, esas serían: innecesaria y condescendiente. Y no, no estoy tratando de decir que no debió existir o que fue un error filmarla.

Me explico, lo que me parece innecesario de la película son un montón de tomas que parecen no tener mayor objeto que a Cuarón diciendo: mira, encuadro bien bonito. Además de secuencias que pudieron durar la mitad y no habría afectado en nada su aporte, o falta de él, a la trama.

Y es que lo innecesario en Roma se palpa desde el inicio mismo, en el que transcurren alrededor de diez minutos para que el director pueda establecer que la persona que estamos viendo es una trabajadora doméstica. Y uno se queda pensado: ¿de verdad era muy necesaria esta secuencia del barrido del patio tan larga, o los 40 segundos de la cámara frente a una puerta cerrada?

Y así te la pasas pensando durante toda la película, pero luego llegan escenas como el desnudo que pasa de innecesario a ridículo o el incendio donde de la nada aparece un personaje para cantar y volver a desparecer.

Y aquí sus defensores me van a decir: es que quería demostrar un punto sobre el carácter de Fermín, o que el incendio era una metáfora de que “los ricos a veces no pueden apagar sus propios incendios” (como leí en algún lado), Pero entonces yo les pregunto, bueno, ¿y no podía esbozar la naturaleza de Fermín de una manera menos ridícula, y lo otro no podía decirlo de otro modo?, y, sobre todo, ¿no podía tomarle menos tiempo hacer esas secuencias?

Creo que ya establecí mi punto con lo que me parece innecesario, podría seguir ejemplificando, pero me llevaría más de lo que pretendo y de lo que ustedes estarían dispuestos a leer, así que mejor continúo.

Creo que la parte de la condescendencia es lo que más me inquieta y es que no sólo está presente en la historia que pareciera resumirse en algo como: ay, pobrecitos de los pobres que tienen que ser nuestros sirvientes, sí, sufren mucho y todo, pero nosotros los queremos aunque no los tratemos tan bien.

La verdad es que no quiero hablar mucho de esa mirada condescendiente con la que se retrató al personaje de Cleo o de cómo en algunos momentos pasa a ser sólo un hilo conductor en las vidas de sus patrones. De eso ya escribieron muchos.

La parte que me preocupa es que pareciera que Cuarón subestima a su público al darle supuestas alegorías ya digeridas y sumamente obvias que incluso resultan ingenuas o hasta simpáticas, en el mal sentido. Dos momentos me vienen a la mente, el primero es cuando Cleo se sienta abatida en las escaleras del cine luego de que comprende que Fermín la dejó ahí. Después de varios segundos de bonitos encuadres, un vendedor ambulante que “da órdenes” al muñeco que vende dice: levántate y sigue bailando (o algo así), mientras la cámara enfoca la mirada desesperanzada de Cleo.

El segundo es luego de que Sofía les dice a sus hijos, y a Cleo, que se va a divorciar de su esposo y todos se sientan a comer helado, mientras vemos que cada uno de ellos parece perdido en sus propios pensamientos a un lado se celebra una boda. Por si fuera poco, la intención se hace aún más evidente con la reacción de Sofía, quizá para asegurarse de que su público entendiera lo ya de por sí obvio de la escena.

La verdad es que, en lo personal, me resulta bastante irritante cuando algún creador trata de ese modo a su público, no sólo en el cine, sino en la literatura o cualquier otro arte. Pareciera que te dicen: mira, yo sé que no eres muy listo, así que te voy a ayudar para que creas que tú solito te diste cuenta y luego digas que soy genial.

Visualmente sí es atractiva precisamente por los encuadres tan estéticos que utiliza, pero de ahí en más no me atrevería a hablar de mayores virtudes de la fotografía.

Quizá una de las cosas que más haya captado la atención sea la recreación de la Ciudad de México en los años 70, y aunque debo decir que esa parte es excelente tampoco me parece que deba encumbrársele por ello. Ni por su recreación del halconazo, de la que se ha hablado tanto y que parece estar ahí nada más para dar el toque final de melodrama.

Con todo esto no digo que Roma sea una mala película, es buena pero tiene muchas cosas que, a mí parecer, le sobran. Y una de ellas es la horda de fans de Cuarón que se empeñan en decir que es arte y, perdón, pero a mí sólo me parece una película comercial bien hecha que tampoco es que haya venido a contar nada nuevo, y que, desde luego, no lo hace de manera distinta. Me parece que su punto fuerte es la ambientación que logró y, lamentablemente, si sacáramos la historia de ahí y la pusiéramos en la época actual perdería bastante.

El único problema que tengo con esta cinta, es que tanto su director como los críticos que le han alabado y sus fans se empeñan en suplir lo que no está Roma con declaraciones que Cuarón ha venido haciendo en múltiples entrevistas porque me parece que, cuando una obra está completa no debe ser explicada pues hablará por sí misma, y parece que en este caso hacen falta muchas palabras para completar sus más de dos horas de duración.

Entrevista en el tintero

Entre los múltiples sueños infantiles que surgieron en mi mente de 12 años cuando decidí estudiar periodismo, uno de los que sigo recordando es mi fantasía de poder entrevistar a personajes que admirara y preguntarles todo lo que siempre quise saber.

Pasaron algunos años y empecé a dedicarme al periodismo cultural pero lejos de que ese sueño desapareciera, empezó a convertirse en una realidad.

El momento ideal llegó en una edición de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, era la primera o segunda vez que entraba a ese lugar con un gafete que supuestamente me distinguía de los visitantes promedio e indicaba que estaba ahí haciendo algo que la gente creía que era trabajo y que para mí era una maravillosa manera de “ganarme la vida”.

Había señalado esa presentación desde el primer día de la FIL, pero nunca planeé ir en mi calidad de reportera, sino que quería ir como cualquier fan a que me firmaran un libro y escuchar a uno de mis escritores favoritos. Pero a unos días de la fecha, mi yo de 12 años apareció para recordar la vieja ilusión aquella.

Como para entonces yo ya había reportado qué entregaría y no había incluido nada referente a ese evento, decidí ir como miembro de prensa e intentar hacer una entrevista donde la fan y la reportera quedaran satisfechas, para después presentarla como propuesta adicional.

Ciertamente no era la primera vez que iba a una presentación de Óscar de la Borbolla pero, sí la primera que iba para “trabajar”. Así que esperaba que, si no recordaba que tiempo atrás había amenazado con buscarlo para una entrevista, al menos tuviera unos minutos libres.

Durante toda la presentación de El futuro no será de nadie estuve lidiando con mi nerviosismo, eliminando, reformulando y reorganizando lo que había preparado luego de leer cuantas entrevistas previas pude para intentar preguntar algo distinto. Algo que, por cierto, no sé si habré logrado.

Esperé a que todo mundo saliera y lo abordé. Miró su reloj, consultó si había otro evento en esa sala y ante la respuesta negativa preguntó si tenía inconveniente en hacerla ahí mismo. Por supuesto dije que no (porque, qué inconveniente iba yo a tener) y como para entonces ya había terminado de leer el libro (con el que debo confesar que me salieron un par de lágrimas al final) empecé con las preguntas que tenía sobre él.

Entre las muchas cosas que me dijo, en lo que se convirtió en una plática de cerca de dos horas, me contó de cómo la enfermedad de su madre lo había acercado a la literatura y había terminado esta por ser una suerte de refugio y salvavidas para ambos, pero sobre todo para él.

Me habló de porqué sus historias de amor son como son, pues su concepción personal del tema lo obliga siempre a plantearlo como algo finito y sumamente susceptible a rupturas prematuras y bastante absurdas.

Hablamos también de la naturaleza de los protagonistas de la novela, y de cómo en realidad podrían ser cualquiera de los que habitamos esta ciudad; uno con los sueños rotos y conformado con la mediocridad; y la otra con un puñado de sueños que no acabaron de nacer y que, sin querer, el único a quien ha amado se encarga de volver a derrumbar.

Hasta hoy, hay algo que recuerdo con bastante claridad. Quienes ya leyeron el libro quizá recuerden que, en el capítulo de la primera cita de los protagonistas De la Borbolla describe el ambiente y la situación de una manera bastante general y al mismo tiempo resulta la descripción perfecta para una escena de esa naturaleza.

En lo personal creo que es una de las escenas de amor mejor logradas con las que me he topado, así que obviamente pregunté el motivo de que la hubiera planteado de esa manera. La respuesta fue que, le costaba plantear una escena de amor sin caer en los lugares comunes y sentirla, por ello, artificial.

Por lo que decidió inspirarse en las descripciones, o ausencia de ellas, que Lovecraft hace de sus seres imaginarios, donde sólo plantea al lector las generalidades dejando la posibilidad de que sea él mismo quien agregue las particularidades.

Luego de esa conversación, donde pude conocer un poco a la persona detrás del escritor, mi admiración aumentó en buena cantidad y aunque creo que habría resultado una entrevista, si no excelente, al menos decente, lamentablemente nunca la pude escribir.

Cuando terminé de trabajar mis pendientes de la FIL y quise sentarme a redactarla, noté que en algún momento había perdido entre mi escritorio la memoria con el archivo de audio y evidentemente no podía trabajar sin él.

Pasó un tiempo y tuve a mal prestarle un celular a quien hoy es conocido como el error de mi vida, donde metí una memoria que encontré por ahí. Sí, resulta que era la memoria con mi entrevista, entonces le pedí que la siguiente vez que nos viéramos me diera la memoria para copiar ese archivo, pero tal día no llegó porque antes de eso me avisó que el teléfono accidentalmente había caído al agua y había quedado inutilizable, así como la bendita memoria.

Y es por eso que nunca pude escribir esa entrevista. Ahora, si por algún remoto azar esto llegara a ojos de Óscar de la Borbolla, aprovecho la ocasión para disculparme por la pérdida de tiempo que seguramente a estas alturas ya no recordara.

 

Del amor y otras mentiras

El amor romántico es una de las cosas más rodeadas de mentiras que hay en este mundo, y no lo digo por las muchas, bien o mal intencionadas, que se dicen dos que creen amarse, sino por la cantidad impresionante de clichés y frases hechas que provocan que miles de seres humanos vayan por la vida esperando que las cosas sucedan como en una especie de manual sin importar sus errores o los defectos del otro.

Entre los millones de ideas preconcebidas hay una que he visto repetirse varias veces en estos días, en forma de conversaciones captadas al vuelo, diálogos en televisión e imágenes que rondan las redes sociales, es esta idea medio absurda de que, si te alejas de alguien y no va detrás de ti, entonces no valía la pena que estuviera.

Lo peor es que la gente lo toma de manera tan literal que pretende que el otro siga insistiendo a pesar de que haya sido tratado de manera injusta o haya sentido menospreciadas sus muestras de afecto. Esperan que después de haber pasado por alto a alguien, de haberle hecho sentir de mil maneras que no es importante y que no debe estar ahí, siga persistiendo en permanecer a costa de todo.

Pero no se detienen a pensar que quizá el otro ya intentó demasiadas veces demostrar sus intenciones y su constante maltrato ha hecho que se vaya definitivamente y no, no siempre es porque no merezca estar con alguien tan importante como ustedes, sino que esa persona también tiene derecho a decidir quién merece gozar de su compañía y resulta que un día se da cuenta de que ese lugar no es para quien le ha hecho sentir insignificante o hasta indeseable.

Y es que en esto de las relaciones humanas nada funciona de acuerdo a un guion preestablecido y la gente muy pocas veces actuará como lo esperamos. Más valdría dejar de vivir de fantasías mal estructuradas y empezar a ser más empáticos.

 

 

 

En memoria

Entre los múltiples escenarios que, gracias a mi “excelente” memoria, recuerdo con bastante exactitud, hay uno que ha salido a flote porque pequeñas conversaciones y sucesos lo han desenterrado.

Este es uno de los que provocan que surja una sonrisa sin motivo aparente y piense que, al menos una vez, las cosas en el plano “amoroso” no han terminado de manera tan catastrófica y por eso una parte sumamente necia de mí y que todavía cree un poco en el amor romántico me insiste en que, si esa vez las cosas no nos salieron tan mal, es posible que aún tengamos esperanza en ese terreno.

Pues sí, se trata de un recuerdo con nombre y apellidos, que esta vez prefiero no mencionar, y que a pesar de todo el tiempo que ha pasado entre ese día y hoy, no ha podido desvanecerse ni un poco.

Si nos ponemos cursis, podríamos decir que quizá esa pervivencia se deba a que fue la primera vez que me enamoré de alguien, o a que probablemente haya sido el único “amor puro” que ha ocurrido en mi vida porque nunca hubo ninguna intención más que ese sentimiento que nos duró alrededor de ocho meses y luego se quedó a vivir como el recuerdo más entrañable.

No, no voy a mentir y decir que fue una de esas historias cursis de adolescencia donde supimos que queríamos estar juntos en cuanto nos vimos, porque la verdad es que no fue así ni de lejos.

Era el 23 de octubre del 2001, mi segundo día de preparatoria, y yo estaba asombrada de mi capacidad para haber soportado todo un día en compañía de otras tres chicas, porque nunca en la vida me ha sido fácil establecer conversación con las personas. Serían entre las siete y media y las ocho de la noche cuando mi estúpida rebeldía se juntó con mi flojera y decidí no entrar a la clase que me tocaba y, en su lugar, quedarme sentada en una escalera platicando con mis compañeras para seguir maravillándome de mis recién descubiertas habilidades sociales.

De pronto, se acercó un grupo de tres chicos a hablar con nosotras, debo reconocer que mi atención se desvío a uno de ellos, que nos había gustado a todas, mientas uno de sus amigos trataba de establecer conversación conmigo y yo, lenta como soy, le presté la mínima atención necesaria… o eso creía, porque resulta que hasta hoy recuerdo cómo estábamos vestidos los dos.

Pasaron varios días en que yo no notaba su evidente interés, así de lenta soy, hasta que de repente me empecé a interesar yo también. Todo fue demasiado inocente, demasiado limpio, demasiado extraño. Pero el tiempo y la vida hicieron que una tarde del 2002, quizá era julio, fuera la última vez que nos viéramos sin que estuviéramos conscientes de ello, así que ni siquiera hubo despedidas dramáticas ni nada de eso.

A estas alturas de la vida lo culpo de haberme heredado su amor por Garbage y Shirley Manson, de haberme dado uno de los besos que nunca olvidaré y de regalarme un par de lecciones que no asimilé hasta que estábamos bastante lejos. Y sí, todavía sonrío con nostalgia cuando escucho su nombre o alguna de las canciones que en esos días eran nuestras favoritas.

Hoy reconozco que cuando supe que no lo vería de nuevo, intenté seguirle la pista y lo busqué con los pocos medios que tenía, obviamente sin resultados. Fue hasta hace unos años que, por cuestiones laborales, volví a saber de él. No lo vi, pero di con sus datos y hasta encontré un domicilio en algún lugar del Estado de México.

Obviamente no iba a cometer la imprudencia de aparecerme en su puerta de la nada para saber que había sido de su vida, pero una parte de mí se alegró pensando que quizá había logrado lo que alguna vez me contó y era feliz. No voy a decir que quiero volver a verlo, o que espero que yo ocupe un lugar similar en sus recuerdos y, no, tampoco este texto constituye una especie de mensaje arrojado en un botella. Sólo agradezco la coincidencia y me sorprende que el recuerdo siga aquí, como si nada.

Supongo que son cosas que pasan cuando uno tiene una memoria tan precisa y se agrega el hecho de que haya sido una persona importante porque, así como recuerdo lo que llevaba puesto el 23 de octubre del 2001, podría decir lo mismo del día que conocí a mi error más grande o la última persona que me interesó… pero hoy ya no hay tiempo para escribirlos.

 

 

(Des)ventajas de la buena memoria

Si bien en lo académico y hasta en lo laboral tener buena memoria es de mucha ayuda, en otros aspectos de la vida no lo es tanto.

Por un lado, tener la capacidad de recordar datos y fechas de manera precisa es una maravilla para quedar bien a la hora de tener presentes aniversarios, cumpleaños, teléfonos, gustos y hasta deseos de los demás.

La primera parte difícil de esto es que, si un día tus ocupaciones te obligan a aplazar la llamada de felicitación, el abrazo o el detalle oportuno, la omisión resulta en una terrible desatención pues se espera que esa conmemoración no hubiera pasado por alto para ti.

Pero esa parte no es la más terrible pues se entiende que a cualquiera le puede pasar. La verdadera desventaja es que mientras la mayoría de las personas van olvidando detalles específicos y sólo recuerdan los eventos generales, el memorioso recordará fragmentos o conversaciones completas. Detalles que para otros pasarían inadvertidos para él serán parte esencial de ese recuerdo.

Cuando se trata de algo agradable, ese que tiene buena memoria puede pasar un largo rato pensado en las maravillosas minucias que le dieron forma al instante feliz. Pero cuando se trata del lado contrario de la moneda, esos detalles pasan a ser como diminutos alfileres clavándose en la delgada piel de su memoria.

Así, recuerdas, por ejemplo, la conversación que tuviste el 8 de marzo del 2010, aquella donde rechazaste la que pudo ser la mejor oportunidad de tu vida, pero no sólo recuerdas la situación, sino que de pronto se vuelven a hacer presentes partes exactas de lo que te dijeron y tus respuestas.

No sólo sabes que al final tu respuesta fue rotundamente negativa, sabes cómo lo dijiste, cómo te vestiste ese día, qué hora era, el clima y, si fue especialmente significativo, recordarás hasta los ruidos que habían en el ambiente.

Y no es que ese día te hayas obsesionado dándole vueltas al asunto, de hecho, y eso también lo recuerdas, no le diste importancia y seguiste con tu rutina. Pero hoy, alguien dijo una frase casi exacta que te llevó a esa conversación y aquí estás, recordando el momento preciso en que le pudiste dar otro rumbo a las cosas, pero elegiste el camino opuesto.

Posiblemente hoy tampoco le des muchas vueltas, pero sabes que quizá mañana estarás de vuelta en el pasado gracias a otro detalle arbitrario y esperas que esta vez sea algo que te haga sonreír.

Quizá escuches por la calle esa canción que sonaba en el momento justo en que dijiste «hola» por primera vez a esa persona que no has podido olvidar, o encuentres esa foto que hace meses enviaste o recibiste de la persona con la que hoy ya no hablas más y revivas las frases que se dijeron en ese momento.

Pero no lo sabes, y ni siquiera te detienes a pensarlo porque tu excelente y dolorosa memoria sólo te permite visitar el pasado.

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